
Toda literatura es viaje, una aventura, la realidad misma, su dibujo más fidedigno, por aleatorio e imprevisible, los vericuetos de una cartografía que es letra de imprenta, las tentaciones y los fracasos, la satisfacción y el entusiasmo. La literatura es el retrato de lo que la memoria propia no es capaz de abrazar. Cada personaje literario parte de uno mismo y se expande, avanza en la historia empujado por nuestra mirada, por la ansiedad que conduce a un desenlace, por una tensión que impulsa a seguir leyendo como impulsa a vivir hacia no sabemos dónde. No podemos decidir el destino de los personajes como no podemos decidir el nuestro. El destino siempre está en la página siguiente. Y en otro libro, en otro anaquel, en otra biblioteca. El destino es el carácter de la realidad, las facciones de esa cara están en los libros, las señales del tiempo en los libros de literatura. La literatura es la memoria común. Pero fue necesario fijarla en el relato para que no se desfigurara y perdiese sentido; primero se fijó en el relato oral, en la leyenda que surge de ese espacio de contraste, mítico sin duda, que hay entre la lumbre de una hoguera que nos protege y la oscuridad del frío, lugar de radical incertidumbre, siempre por conquistar; después la memoria común se fijó a través de la escritura, pues los caracteres gráficos facilitan el recuerdo al concretarse ya no sólo en el tiempo sino también en el espacio. Cuando el relato oral pasó a ser documento escrito, el sentido de la literatura se convirtió en destino.
Pero el destino de la literatura es su propio destino, como nuestro destino somos nosotros mismos. No hay metafísica posible. No hay trascendencia. La realidad es una o no es: ¿visible o invisible, aparente o verdadera, sensible o ininteligible? Quién es capaz de decantar el camino. Quién puede decir que hay más de un camino sin enunciar un desafiante “yo creo que”, confundiendo “crear”, el verbo por antonomasia, con el redentor “creer”. Todos los caminos son uno, todos a nuestra disposición en uno solo. “Al estar provisto de mil caminos nunca estaría desprovisto de camino” dice el coro en Antígona. Y qué es ese camino sino aventura. Qué es la literatura. Qué es la vida. Mil caminos en un camino. Un viaje a los mundos conocidos y desconocidos respondería Jules Verne, un escritor relegado a los desvanes de la literatura juvenil, de la literatura de género o divulgación, rangos supuestamente menores, que ejemplifica tan bien como lo hacen la Biblia, Shakespeare o Cervantes –junto con Verne los más traducidos- esa ligazón entre literatura y realidad, ese espejo formado y deformado, esa presentación que es representación.
"Viajes a los mundos conocidos y desconocidos" es el subtítulo de la obra en marcha verniana, Los viajes extraordinarios, un montante de novelas cortas y largas que reúne ochenta títulos. Novelas, algunas de ellas hondas como la vida, submarinas, redondas como una vuelta al mundo que no es redonda, novelas donde Verne, además de crear una nueva mitología –Nemo, Fogg, el capitán Hatteras o Miguel Strogoff quizá sean los más conocidos- pone en evidencia con singular maestría cómo el lector acompaña en la aventura a los personajes descubriendo que el viaje que se narra no se debe a la fantasía sino que la imaginación está al servicio de la realidad, que se trata de un viaje en busca de sí mismo. Y qué mayor aventura hay que ésa. No la hay, por pasiva que pueda parecerle a los soberbios.
Pierre Mac Orlan, escritor de otra época y de ésta, espía de la vida que arrumbó el siglo XIX y de las pasiones que aún nos mueven, narrador en la estirpe de Jules Verne, Conrad y Blaise Cendrars, escribió un Pequeño manual del perfecto aventurero donde distinguía entre el aventurero activo, que agarra el petate y recorre océanos y sendas -ahora son cielos y autopistas- y el aventurero pasivo, que se afana en las páginas esperando hallar la maravillosa sustancia de la aventura, sea o no cotidiana, que él mismo contiene. Aventureros los dos, sólo cambia la forma del viaje, las estaciones del trayecto. Caben los matices que se quiera, ejemplos hay para decir lo contrario, vivencias y quijotadas. “Los libros son bastante buenos a su modo, pero constituyen un exangüe sustituto de la vida”. Podríamos zanjar el asunto a la vieja usanza con este argumento de autoridad y dar gusto a los que se relamen soberbios por acumular mayor número de paisajes, que no de circunstancias. Uno destaca precisamente este aserto entre comillas y no otro, por venir de donde viene, de la Apología de los ociosos de Robert Louis Stevenson, aventurero pasivo y activo al mismo tiempo, que terminó persiguiendo lo que antes ya había escrito. Pero dejo a un lado al célebre escocés y continuo con las disquisiciones de Mac Orlan.
El primero, el aventurero activo, escribió Mac Orlan con adivinatorias dotes, carece de sensibilidad e imaginación, necesita tenerlo todo a vista de ojo, y puede caer en la aventura vulgar –el extensivo turismo de hoy en día sirva de ejemplo-; el aventurero pasivo, por el contrario, aunque vaya mal pertrechado y carezca de madurez y pericia, siempre podrá disfrutar del placer de aventuras extraordinarias por mundos conocidos y desconocidos. Las aventuras que guardan los libros, nuestra memoria común, nosotros mismos. Incluso, cabría añadir, el aventurero pasivo llega a disfrutar de libros nefandos, incomprensibles, desdibujados. Todo en la vida, y por supuesto la literatura, tiene su Jekyll y su Hyde. Libros malos, Jules Verne, por ceñirnos al escritor bretón, tiene más de uno. Es normal que en una lista de ochenta títulos escritos bajo draconianas condiciones contractuales –llegó a escribir tres novelas al año- haya pestiños de mala digestión. Y añadiré que su primera novela, Cinco semanas en globo, la escribió con 34 talluditos años, por lo que el tiempo vital tampoco jugó a su favor. No todo son Los 500 millones de la Begún o La isla misteriosa o Robur el conquistador o El castillo de los Cárpatos, por nombrar alguna de sus mejores obras, o las novelas que seguro se le ocurren a quien me esté leyendo. Pero en una vindicación del aventurero pasivo, de los lectores sin más, atentos a la vida que desgranan las páginas, a Jules Verne hay que agradecerle la capacidad para multiplicarlos. Porque en estos tiempos de consola y paso rápido, mientras el aventurero activo alcanza cada vez más relieve –ya tiene algo de estereotipo social, de conquista de clase media, de billete por internet- el aventurero pasivo se declina cargado de matiz peyorativo y luz artificial. El habito de leer, el más extendido, parece ser cualquier cosa menos una aventura: folletos, anuncios, pancartas, prospectos, manuales, apuntes, titulares, píes de foto, encabezamientos, solapas, fichas, contratos, avales, nóminas, cartillas, la tarjeta del autobús. Uno ha de reconocer que también se viaja leyendo este tipo de literatura, en ocasiones, sin duda, a simas insondables, pero la literatura de Jules Verne garantizo que proporciona un viaje más largo, un paseo completo por el cosmos del siglo XIX.
La continuada y sistemática reedición de Jules Verne, sea en ediciones juveniles, mutiladas pensando que de niño se es más tonto, o en baratas ediciones de quiosco, anima a pensar en entusiasmados aventureros pasivos, jóvenes o no tanto. Roland Barthes, Julio Cortázar, Michel Foucault, Julien Gracq, Ray Bradbury o Raymond Roussel fueron alguno de ellos. Aventureros dispuestos a enarbolar la bandera negra del capitán Nemo, capaces de pisar la cubierta del barco ebrio, construir ciudad ideales e infernales, vivir lo imaginable, el límite de la razón, la herencia de ese nautilus que es la literatura, la realidad misma, un destino que por ventura no sabemos dónde nos lleva.
Publicado en la revista Laberintos nº13
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