Danilo Kiš es un escritor inclasificable, según sus propias palabras heredero de dos imaginarios tan distantes como el de Borges y el del polaco Bruno Schulz. De un lado, Kiš es testigo y narrador de la historia europea con minúscula para contar el horror de la mayúscula, documentalista de vidas desoladas en un título gigante de la literatura contemporánea: ‘Una tumba para Boris Davidovich’ (1976), libro intolerable en su momento para el régimen comunista yugoslavo. Además, de otro lado, el autor serbio es un postmoderno –en toda regla y a su debido tiempo– que escribe la erudita ‘Enciclopedia de los muertos’ (1983) con distanciada ironía y afán metafísico.
Hasta el “affaire Davidovich” en que fue acusado de un plagio no cometido con perversa intencionalidad política, Kiš era un escritor reconocido en Belgrado, a partir de entonces fue un profesor transterrado en Francia que nunca aceptaría ser llamado disidente. Traductor del húngaro, del ruso, del francés. Siempre ensayista lúcido –ahora que Acantilado anuncia la publicación de su obra completa, esperamos con ansiedad la versión española de ‘Homo poeticus’ (1983), la oportuna diatriba de ‘Lección de anatomía’ (1978) con sus preciados consejos a un joven escritor: “no estés contento con tu destino porque sólo los imbéciles lo están” escribe en uno de ellos, “cuida de no manchar tu lenguaje con el habla de las ideologías” dice en otro.
Inscrito en la fulgurante herencia de la Europa central, austrohúngara, eslava y judía al mismo tiempo, donde esos términos tan definitivamente abstrusos como pueblo y nacionalidad compartían lenguas y credos al margen de fronteras y afiliaciones políticas, Danilo Kiš nació en el límite de Yugoslavia con Hungría de padre judío y madre montenegrina en 1935. Pero desde muy pronto supo de primera mano que aquel mundo padecía en el tajo de la historia dolorosas fracturas y que caminaba hacia el abismo del sinsentido. Apenas con siete años, su familia tuvo que emigrar ante las masacres de los fascistas húngaros en Novi Sad, poco después su padre sería asesinado en Auschwitz. La muerte se convertirá en el principal tema de su literatura, desde el primer libro, ‘La buhardilla’ (1962), hasta los cuentos póstumos de ‘Laúd y cicatrices’ (1980-86) con su insistencia en el suicidio, pasando por la trilogía ‘Jardín, ceniza’ (1965), ‘Penas precoces’ (1969) y ‘El reloj de arena (1972), publicados conjuntamente por Acantilado en el volumen ‘Circo familiar’, donde Kiš indaga en su memoria personal y en la desaparición fatal de su padre.
Para Danilo Kiš escribir siempre fue una lucha contra la muerte, de ahí que uno de sus más destacados admiradores, otro poeta apátrida como él, Jospeh Brodsky, dijera que todos sus libros no eran sino elegías de un poeta que escribía en prosa. En cada página de ‘El reloj de arena’ o de ‘Una tumba para Boris Davidovich’ está la riqueza plural de un sentir trágico que hace de la historia un testimonio de los destinos condenados al olvido, de las tumbas sin nombre. Esos libros son respuesta a la tentación ideológica del totalitarismo en el siglo xx, del antisemitismo, de la voracidad soviética que condujo hasta el delirio, la negación del ser humano, la amoralidad extrema, la crueldad, el horror. Libros estremecedores, elegías ante la desaparición del incocente. Pero escritos sin trabas al lector, con la agilidad de quien conoce un extenso abanico de recursos. La metaficción, el relato de espías, la pseudo documentación histórica, el género negro o de aventuras, el testimonio, la fragmentación discursiva, el neobarroquismo o la fábula al servicio de una prosa rica, matizada, por momentos lírica, que dota a la lectura de una fecunda intensidad.
2 comentarios:
Pues mira que a mí este escritor no me gusta.. He intentado Boris Davidovich y otro de cuentdos. y no pude acabar ninguno.
Ay...
Bueno, una penita que no lo disfrutes. Pero yo cuentos, o lo que sean, como "La marrana que devora su camada", "Una tumba para Boris Davidovich", "Honras fúnebres" o "El apátrida" los defenderé siempre. Por su contenido pero también por su forma. La intensidad, la reflexión, el calado que tienen. Pero la verdad es que tiene que haber distintos lectores y distintas lecturas. Es lo que tiene esto de los libros.
Saludicos, Raúl.
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