jueves, 31 de diciembre de 2009

se desvía
número veintinueve
(Alberto Giacometti retratado por Richard Avedon
en plano americano)

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Anoto el 'Consejo' con el que Antonio Martínez Sarrión empieza su libro Cordura:

"Como en tiempos prohibióse
el corrompido oficio de plañir por los muertos,
burda y aparatosa maulería
para más percibir
de los parientes abrumados,
ahora tus modos deberán ser otros:
la madurez obliga y es cuestión de elegancia
aceptar los trazados del destino
con sereno talante,
con mano distendida y generosa
sin que importen sus rostros."

lunes, 28 de diciembre de 2009

Busco pistas mientras camino. Miro a las personas con las que me cruzo. Miro cómo miran. Me pregunto dónde irán esas personas. Si estarán trabajando, si tendrán familia, si alguien les esperará en casa después de la habitual jornada, si les esperará después de un viaje larguísimo. Imagino un viaje desde los Montes Zagros o desde las orillas del río Karún donde buques inmensos quedaron varados un día gris. Imagino la felicidad del hombre, el cariño de la mujer. Imagino el cuidado, la sonrisa, las lágrimas. Las palabras en persa. Imagino la caligrafía gloriosa de las buenas noticias.

Son las 19’30 y Zaragoza está a reventar. Quien no conozca esta ciudad, no sospechará lo concreto del verbo. Escucho el último disco de los Sunday Drivers en el mp3. Me gusta el segundo tema. Me gusta que se titule “I”. Pero se termina la pila y me quedo con las ganas de seguir escondido en el disco. Escondido para mirar. Tengo un mp3 de segunda mano que pertenece a la prehistoria de la tecnología. Yo también pertenezco a la prehistoria de la tecnología. Nunca he jugado con una consola y sigo yendo al cine a refugiarme en la oscuridad por encima de todo. Llevo pila.

Estoy en la Gran Vía. Los árboles son una hilera de presos. Algún concejal ha decidido que acarreen con cuatro tablas de ataúd.

Voy a la librería Antígona. Me espera ‘El jazz en la boca’ del poeta y músico Ildefonso Rodríguez (el libro empieza con un epígrafe de Westphalen: “Cuando brama el incendio brotan músicas por doquier”). Una chica muy guapa habla por teléfono. Se ríe. La felicidad tiene buena verdad. Para los griegos lo contrario del olvido no era la memoria sino la verdad. Alguien que conozco se hace el despistado para no saludar. Tiene memoria, le falta verdad.

Antes de salir de casa también he estado buscando pistas entre mis libros. Pistas para este mientras tanto en el que siempre estoy. Y he encontrado una definitiva. De voz autorizada. Autorizadísima. Es Viktor Frankl, superviviente de los campos de exterminio, que escribe: “quien tiene un por qué vivir, encuentra siempre un cómo”.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Leo en No hay adverbio que te venga bien de Jesús Marchamalo y Mario Merlino esta frase de Peter Handke traducida por José Antonio Alemany: "Sólo puedo amar a aquellos que poseen un lenguaje inseguro".
Frente a tanto apólogo de la seguridad, la entereza y lo rotundo, deberíamos celebrar, incluso hasta el amor, aunque esto lo entiendo peor, las posibilidades de la inseguridad, la tentiva, el acercamiento, la duda, la equivocación, el tartamudeo. Hablar democrático ante el que poco importa tener razón o acertar de pleno.
Esto me ha hecho recordar una anécdota del vivir inseguro -variante del lenguaje inseguro, quizá la más universal- que recogía Jesús Marchamalo en otro de sus siempre recomendables libros, Las bibliotecas perdidas. Entre las muchas anécdotas literarias que cuenta Marchamalo, la que he relacionado con el vivir inseguro, se refiere a John Cheever. Marchamalo concluye un capítulo en el que escribe sobre los escritores oficinistas, contándonos que Cheever salía cada mañana de su casa con un maletín lleno de papeles, cuidadosamente colocados pero perfectamente inútiles, para que sus hijos pequeños pensaran que su padre iba a trabajar en algo seguro como una oficina. ¿Inseguro de su trabajo como escritor?
Invito a leer los cuentos de Cheever desde esta óptica. Cualquiera enseguida se dará cuenta de que su lenguaje no se caracteriza por la inseguridad, al contrario: es adecuado hasta la transparencia. No obstante, las vivencias de sus personajes sí que tienden a la inseguridad; es lo que les dota de esa arraigada humanidad que nos altera y conmueve cuando leemos. Acaso sea ese uno de los rasgos que hace de la literatura de Cheever una literatura de categoría excepcional. Esa misma inseguridad que el escritor llevaba en su maletín al salir de casa.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Hay libros que dan cobijo y libros que expulsan hacia ninguna parte. A veces uno espera encontrar refugio en un libro, lo desea, y a la primera de cambio se siente fuera. Y no sabe muy bien porqué. Conoce al autor, admira sus libros anteriores y está dispuesto a convivir en sus textos, sin embargo el correr de las páginas le va alejando de las tramas que cuenta, de las emociones, del estilo. Y se distancia extrañado, con un desasosiego que incordia, que le molesta. Casi triste porque él quiere estar ahí, en ese libro como si fuera un refugio y se ha quedado fuera. Pero lo mejor de los libros es que al cabo de los días puedes abrirlos de nuevo, al azar, como si nada, o impulsado por la siempre necesaria segunda oportunidad, y encontrar que apenas hay nada de los que habías leído la primera vez, que el libro parece otro, descaradamente otro, que tiene otra vida, que habla más de cerca, que reconoces los espacios y el tempo de la prosa y hasta escuchas el ritmo de los acentos como si fuera tu propia forma de hablar. Y entonces piensas que tú eras el que estaba fuera de sí cuando leyó aquel libro hace poco más de un mes, que no acertaste a leer lo que ponía en las líneas, que te quedaste en un entrelíneas equívoco, en las erratas que afean y modifican el gesto, que no viste, ciego delante del espejo, que a los personajes que deambulan por el libro les pasa como a ti, que no hallan el rumbo, que se preguntan una y otra vez quiénes son, que les abruma el exceso de equipaje, que se obstinan en soñar, en cambiar la vida sabiendo que la vida cuesta demasiado cambiarla, en transformar el mundo desde la más pequeña de las atalayas sabiendo que el mundo cambia demasiado despacio para darse cuenta.
Esto me ha pasado con el tercer libro de Raúl García, Calderilla, editado por Eclipsados. Las cosas y las personas son otras cuando las cambian de sitio. Y la relectura es una de las formas de ese cambio. Los cuentos, o los poemas o los poemas en prosa o lo que sea, que conforman Calderilla me han acompañado de lejos y de cerca como si fueran dos libros distintos. Para entenderlo, he tenido que cambiarlo de sitio y he tenido que cambiarme de sitio. Empezando por algo muy sencillo, casi tonto, pero que para mí ha modificado tanto la percepción como la apropiación de lo que leía. La segunda vez he leído el libro al revés, desde el último texto hasta el primero. Y humildemente creo que el conjunto funciona mucho mejor. Quizá sea mera impertinencia. No digo que no. O sea porque “Lejanías”, así se titula el último de los textos, es un viaje de regreso. El de un Ulises que descubre que las cosas no son como él pensaba. En ese descolocar creo que está la clave de todo el libro. En los personajes descolocados, que viven entre la certeza de la realidad y la incertidumbre del deseo. Personajes cotidianos, reconocibles. La cultura se filtra en algunos cuentos como metáfora –el “Lejanías” citado; o “Habladurías” con Teseo , Ariadna y el Minotauro; o “El maletín de Walter” y el suicidio de Benjamin en Port Bou; o la música popular en los tres Backline– sin embargo Calderilla se decanta sobre todo por el mundo cotidiano, la realidad inmediata, las calles de barrio, los polígonos, las fábricas, las casas pequeñas, la memoria infantil de nuestros padres, la amistad, el deseo, la mala suerte, el grito de las paredes. Raúl García es un observador atentísimo a las entretelas de la vida cotidiana. Uno le animaría a que continuara con alguno de esos personajes que deambulan en su escritura, que les diera, qué sé yo, protagonismo en una novela, que escribiera más largo, que hiciera un retrato amplio, una secuencia con planos cortos, planos de conjunto y planos generales. Por pedir que no quede. Uno está convencido de que Raúl García terminará escribiendo esa novela. De momento, lo cierto es que la treintena de textos que forman el libro se leen sin darte cuenta tanto en la primera como en la segunda lectura. Pero uno, claro, se queda con la segunda. Con algunos cuentos que tiene marcados: “El grito de las paredes II”, “Inventario”, “El paseo”, “Unidad de desplazamiento”, “Olivas negras”, “Quien quiera que te aguante”, “Epigrafía”, “Represión 1961. El infierno”, “Exceso de equipaje”, “Negociación”. Quizá esta tarde Raúl García lea alguno en Antígona. Merecerá la pena escucharlo en su voz de barítono. Lo recomiendo. Calderilla se presenta hoy en la librería Antígona de Zaragoza (Pedro Cerbuna 25) a las 20 h. Además de Raúl García, participarán en la presentación Pablo Lópiz e Ignacio Escuín.

jueves, 17 de diciembre de 2009

"Estuve en el Roni's Nest, el jazz bar que tiene Murakami en Aoyama. Estaba ahí sentado el tipo. Me pedí un gimlet, y escuché un poco al trío de jazz. Le entré a una chica, bastante guapa, que se llamaba Piedra Preciosa. Me dijo: eres muy bajito para mí. Eso me dijo.

Rechazado, fui a hablar con Haruki. Los jefes de los bares han de aguantar a los clientes, ¿no? Es ese su trabajo. Hablamos de maratones. Corremos los dos. Y hablamos un poco de escritura. Le dije que yo escribía poemas, pero andaba un poco perdido. Me dijo que me daba una idea pero que luego le dejara solo.

Puedes hacer un poema y ponerle un título de una canción de jazz -me dijo. Me pareció como para salir del paso. No me gustó la idea. Pero bueno, yo no soy un pesado. Así es que me fui por donde vine. No sin antes decirle a Piedra Preciosa ¡guapa! en japonés".

Así de bien empieza, imaginando esa Piedra Preciosa, Todos los lunes jazz, el libro de poemas que ha publicado David Liquen en la colección "Resurrección" que dirige Octavio Gómez Milián para la editorial Comuniter. El fragmento es como el resto del libro: divertido, ingenioso, vital a más no poder, con talento a borbotón y rítmico como el jazz. Sí. Como el jazz, porque David, aunque no le gustara la idea que le prestó ese Kafka japonés que corre maratones, ha escrito un libro donde cada poema tiene como título el de una pieza de jazz. Y es cierto que antes de leer el libro no parece que haya un vínculo directo entre los poemas y su referente musical, al contrario de lo que ocurría en otro espléndido libro de poemas con jazz, La sección rítmica de Miguel Serrano. No obstante, cuando uno lee los poemas, inevitablemente escucha, como rumor de fondo en un bar, el rítmo instrumental de las palabras y por inercia acude como poseído a buscar en su discoteca o en la mula de internet los temas que va leyendo un poema tras otro. Pondré un ejemplo, para quien tenga curiosidad. El poema más breve del libro, titulado "Imagination Woody Shaw".

"Me gustan los taxis ocupados
mientras llueve a tu lado el color amarillo.
Me gusta que vayas con otro en la guantera,
y yo ahí detrás, por el carril bici."

En cuatro versos cualquiera escucha la ciudad hablando y recuerda ese taxi en el que quisiera haber estado. Ahora falta la intensísima trompeta de Woody Shaw. No me digas que no quieres escucharla.

miércoles, 16 de diciembre de 2009


El próximo martes, 22 de diciembre, a las 21 h. presentaremos Noches de tránsito de Mark Kozelek en La lata de bombillas de Zaragoza (C/ María Moliner 7). Diremos cuatro palabras sobre "Los libros del Señor James" lo más atinadas que sepamos y pondremos un piscolabis de convite. Además, contaremos con la banda Kyoto, que versioneará temas de Kozelek desde sus incios en los Red House Painters, y con dos pinchadiscos, Georgy Girl y Tripolar, que prolongarán la fiesta. A los hermanos James -Nacho, Pablo, León y un mendas- nos encantaría que nos acompañaras.

martes, 15 de diciembre de 2009

Decía Fernando Quiñones que un poema era como un whisky solo; el relato, un whisky con hielo; y la novela, un whisky con agua y con hielo. A menor extensión, mayor intensidad.

lunes, 14 de diciembre de 2009

"Un cuento o un relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas que te saquen una muela. El cuento corto tiene en la vida, me parece a mí, una gran función. Es, también, en un sentido muy especial, un eficaz bálsamo para el dolor: en una silla que te lleva a una pista de esquí y que se quedó atascada a mitad de camino, en un bote que se hunde, frente a un doctor que mira tus radiografías... Nos la pasamos esperando una contraorden para nuestra muerte y cuando no tienes tiempo suficiente para una novela, bueno, ahí está el cuento corto. Estoy muy seguro de que, en el momento exacto de la muerte, uno se cuenta a sí mismo un cuento y no una novela".
John Cheever citado por Rodrigo Fresán en "El cuento", texto recogido en Pequeñas resistencias, la antología del nuevo cuento español publicada por Páginas de espuma en 2002.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Palabrerías

La poesía es un lugar intermedio.

No hay comienzo, siempre un comenzar.

"Estar en otra parte es estar dentro".

El cine suspende la incredulidad.

Literatura: autobiografía ajena.

El fragmento es poesía en los huesos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Principio

No finjas que no sabes
que este minuto en el que todo cambia
es diario pero es irrepetible.

Sé valiente y levanta la cabeza:
acepta lo que ves
y agradece la vida mientras puedas.

Es el amanecer sobre la tierra,
y es la primera vez.

Lo has visto. Lo has perdido. Lo has ganado.

Este magnífico poema, capaz de impulsarte sobre los tejados de cualquier ciudad, pertenece al libro Un tiempo libre de Juan Marqués, a quien tendré el placer de acompañar en una lectura compartida el próximo miércoles, día 9 de diciembre, en la librería Rafael Alberti de Madrid a las 19'30 h. Seguro que Juan lee algún poema de su nuevo libro todavía inédito, Abierto, galardonado con el último premio Gerardo Diego concedido por el Gobierno de Cantabria.

sábado, 5 de diciembre de 2009

martes, 1 de diciembre de 2009

crítica de la poesía

He aquí la lluvia idéntica y su airada maleza.
La sal, el mar deshecho...
Se borra, lo anterior, se escribe luego:
Este convexo mar, sus migratorias
y arraigadas costumbres,
ya sirvió alguna vez para hacer mil poemas.

(La perra infecta, la sarnosa poesía,
risible variedad de la neurosis,
precio que algunos pagan
por no saber vivir.
La dulce, eterna, luminosa poesía.)

Quizá no es tiempo ahora.
Nuestra época
nos dejó hablando solos.

(El poema es del nuevo premio Cervantes de literatura, José Emilio Pacheco, un gigante de la poesía contemporánea en castellano; pertenece No me preguntes cómo pasa el tiempo, libro publicado en 1970 y que recoge poemas escritos en los sesenta. Un libro que retrata aquellos años: lírica de lo cotidiano a la vez que lírica de la historia, lírica y contralírica, intensamente vital y desmitificador, político y hedonista, fugitivo y cercano. Un libro fronterizo, transversal, narrativo, social, íntimo. Acaso el poema que uno ha elegido no sea el más explícito, pero a uno le gusta el tono de afrenta, ese hacer pensar, ese cuestionarse el decir y el vivir. No me preguntes cómo pasa el tiempo es un libro que discute con quien lee, que le interpela, que le pone trabas, que le incita. Un libro hímnico. Como debieron ser los años sesenta, como han quedado en el imaginario. Todo potencia, movimiento, posibilidad. El libro está editado por los mexicanos de Era -mi reimpresión es la del 2001- y en España se puede conseguir a través de Tarahumara Libros, una magnífica distribuidora especializada en libros editados en América Latina. Busco páginas sobre José Emilio Pacheco en internet y me encuentro con esta frase: "Elegí ser escritor y a estas alturas aún soy un aprendiz que no sabe nada de su trabajo y para quien cada página es de nuevo la primera y puede ser la última.")

queremos tanto a glenda