Mañana, miércoles, 11 de noviembre, a las 20 h. en la sala Goya del Palacio de la Aljafería de Zaragoza dentro del ciclo “Conversaciones en la Aljafería” organizado por las Cortes de Aragón, el escritor Manuel Rivas conversará con Antón Castro y conmigo sobre los asuntos que mueven su quehacer literario y periodístico y aquéllos que motivan sus preocupaciones ecológicas, sociales y políticas.
Apunto un fragmento –perdón por la descontextualización– del penúltimo libro de Manuel Rivas traducido al castellano, la novela Los libros arden mal, como si fuera un resumen –muy parcial, sin duda– del intenso punto de vista del escritor gallego sobre el contar, sobre la oralidad y la tradición, las palabras y su escritura; considero que tiene algo de aproximación a un imaginario, a una memoria, que acaso tenga algo de parte por el todo.
“…Siempre se ha dicho que en Galicia se habían perdido los antiguos mitos del mar. No es cierto. No por lo menos en lo tocante a las sirenas. Las sirenas son sirenas.
¿Quiere decir putas?
Quiero decir sirenas. Sobre esta cuestión, me remito al señor T.S. Eliot y a su idea de las alturas de la sensibilidad. Depende de la altura.
¿De qué altura?
De la altura a la que se escribe y a la que se lee. O, si lo prefiere, de la profundidad. Su visión es muy parcial. Piense en hombres que están picando hielo en cubierta. Pero no pedazos de hielo, sino un hielo que cubre el barco, cada uno de los rincones del barco. E imagine que el patrón decide ir a Saint-Pierre. Llevan meses sin ver ni pisar tierra. Ir a Saint-Pierre, en realidad un pequeño puerto en el que la calle principal es una cuesta con casas de madera, pues es como ir al paraíso. Es tal la alegría del anuncio que muchos se ponen a beber para celebrarlo y cuando llegan a Saint-Pierre ya no son capaces de bajar. No se aguantan en pie. Para ésos, sin necesidad de acudir a la autoridad del señor Eliot, el simple enunciado de Saint-Pierre, el propósito de ir, significa estar allí. En el paraíso. Ésa es la fuerza del simple enunciado de las palabras, que crean el lugar y cambian los cuerpos. Pero ahora le voy a hablar de los que desembarcan. Muchos de ellos van a hacer cola a L’Étoile, enseguida galleguizado como A Estrela, el salón de baile propiedad del único buzo de Saint-Pierre, también llamado el Comunista, y van a hacer fila, ¿sabe por qué? No, no por lo que se imagina. Docenas de hombres esperando, en fila, pisando nieve, para bailar, sólo bailar, con aquella que llaman la Chepuda, la Bousse, la Chepitas. Para apoyar sus manos en la giba mientras bailan. Y a ella misma le pagarán los patrones hasta mil francos si va al barco y mea encima de las redes. Un sortilegio. Sirenas que bailan, sirenas lavanderas, sirenas de la suerte…”
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1 comentarios:
Daavid, ¿qué vida llevas? Te he leído en "Artes y letras" y ahora esta persentación. Bien, ¿no?
¿Te gustó Agora?
un saludo,
Raúl Gay
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