Uno quisiera escribir sobre la amistad en este artículo –la amistad es un nombre sagrado decía La Boétie–, sobre las rabiosas metáforas que siempre vuelven, sobre la sabiduría de Shakespeare ante el poder y sus tentaciones, sobre los momentos en la vida de un hombre en que parece que todo ha terminado, los libros, el universo silencioso, la tranquilidad, sobre el jazz y la literatura, las versiones de Gleen Gould interpretando a Bach, las formas de ordenar un libro, la estructura, el narrador omnisciente, el estilo indirecto libre, el soterrado existencialismo del mero decir, la intriga policíaca, el detective Pérez, no, esta vez es el detective Ventura, los reversos de la trama, los personajes y el destino, el mapa que son las líneas de la mano –“Todos sueñan con imposibles, vitales, ideológicos o artísticos, mientras la vida se les escapa de las manos en un desconcierto que se corresponde con el caos colectivo y la fragmentación estructural de la novela” escribió el crítico Santos Alonso al respecto de Manos negras (1)–, pero, a pesar de todas las destartaladas notas que uno acumula encima de la mesa, no atino a decantarme y poner orden, presentación, nudo, desenlace. He recordado una cita de Henry James que ha llegado como un fantasma en la noche y me ha cambiado los planes: “Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo posible: damos lo que podemos dar. Nuestras dudas son nuestra pasión y nuestra pasión es nuestro empeño. Lo demás es la locura del arte.”
Repaso los libros de José Luis Rodríguez García que guardo –los he sacado todos y se extienden por la mesa y el suelo como huellas–, las páginas marcadas, versos subrayados –“Viviste. Nadie repetirá tus miradas./ Esto es vivir. Haber contemplado/ lo irrepetible” (2)–, asteriscos que me llevan de acá para allá, señales de lectura que son señales de la vida y no puedo sino observar con admiración en este rastro de libros la pasión de la que hablara James. A quienes nos movemos en el filo del fraude, en el cada vez más difícil ejercicio de la impostura, a quienes escribir nos supone tal esfuerzo que preferimos el interminable leer, los escritores prolijos, fecundos, capaces de hallar en el negro sobre blanco reiteradamente, en cualquiera de los géneros, ese final de la escapada donde ser heroicos y dementes y desdoblarnos en otra parte como posibilidad cierta, aquellos escritores que continúan escribiendo con obstinación frente a las turbulencias que la vida destapa por muy sombrías que sean, por fuerte que golpeen, nos parecen admirables. No hay mejor adjetivo que los defina; que cada cual repase mentalmente sus admirados, cuánto le han enseñado con su escritura, cómo le han cambiado de sitio, que haga una lista de bestias insuperables, qué sé yo, Faulkner, Hammett, Onetti, o una lista de escritores sin nombres tan coloristas, más cercanos. A un escritor capaz de destilar el contenido exacto en una mínima cantidad, mínima por soberbia, ahogo o incapacidad, se le aprecia o desprecia pues uno reconoce identificarse en la manera e intuye las reglas, pero a un escritor que escribe y escribe y escribe por encima de todo y lo hace sin concesiones ni facilidad gratuita, sólo se le admira. José Luis Rodríguez García es uno de estos escritores. Uno de los de mi lista. No resta dolor ni disimula ni calma indolencias, recoge la contradictoria riqueza de lo real y la exhibe, no como espectáculo, más bien cercano a la melancólica atrocidad de Ballard, con diferente estilo y procedencia, evidentemente, administrando silencios y grietas, pergeñando un mundo propio de fabuladores cotidianos a la espera de grandes temporales. José Luis Rodríguez escribe a pesar de que sabe que la palabra es signo de poder, colofón político, también escribe por eso, porque la escritura es atención y atentado, sangre negra que se extiende, huidiza diversidad, una carrera contra el sol. “Así –señaló en Mirada, escritura, poder, un libro que es vértigo genealógico–, el proceso de la Escritura es la aventura pulsional de una diferencia extremada. Siempre, se mire donde se mire, tras la escritura se descubre siempre una mirada alucinada, vertiginosa, una mirada que se empeña en subrayar su distancia de la uniformidad y de la turbación masiva.” (3). Y tras la mirada concreta de José Luis Rodríguez García, alucinada, vertiginosa, irreductible, han surgido, entre otros títulos: En la noche más transparente (Olifante, 1993), Pentateuco para náufragos (Huerga & Fierro, 1998), En la última ciudad (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004), Cuéntame una historia, por favor (Mira, 1994), Fotogramas del diluvio (Huerga & Fierro, 2000), El coleccionista de láminas (Mira, 2008), Tres horas (Librería Cálamo, 2008), Manos negras (Alfaguara, 1996), Al final de la noche (Huerga & Fierro, 1999), El ángel vencido (Huerga & Fierro, 2001) y El hombre asediado (Huerga & Fierro, 2004). Estos que uno cita son los títulos de poesía y narrativa, colecciones de cuentos y novelas, publicados a lo largo de los últimos quince años, por no echar la vista más atrás, a los que se suma un intenso trabajo investigador con publicaciones que rastrean los perfiles del pensamiento contemporáneo, problemáticas que parten de la filosofía de la diferencia e insisten en las tensiones estéticas, morales y políticas que siempre acompañan.
Un escritor con una obra formidable en el número –rondará los cuarenta títulos en el Isbn–, que aúna ambición, calidad literaria y rigor intelectual, a la que este año 2009, se añaden dos nuevos libros: una novela, Parque de atracciones (Akal), y un libro de poemas, Voces en el desierto (Eclipsados). Dos libros que inciden en alguno de los argumentos que subrayan toda la trayectoria de J. L. Rodríguez García: un imaginario de memorias heridas y la posibilidad de nombrar dicho imaginario, fondo y forma de una poética que “marca el territorio de lo que puede hacerse: cifrar las diferencias múltiples, narrar los desplazamientos, marcar el permanente cataclismo que ennoblece la inmediatez. Pero (…) la palabra poética no se limita a confesar la inmediatez: la palabra poética llama la atención sobre la precariedad de un olvido que puede ser otro principio”(4). Y ante esa tentativa de la palabra poética situamos sus dos nuevos libros, narraciones de un desplazamiento, quiebra de la inmediatez, posibilidad del olvido; sea a través del crisol de personajes que forman Parque de atracciones, actores de vuelta o sin vuelta de un Rey Lear provinciano, detectives buscándose a sí mismos en rastros ajenos, luminosos personajes secundarios –un trompetista de jazz, un enano contador de historias, un viejo leproso, el forense Rodríguez–, todos arrumbados por la incertidumbre de un narrador que los teje y desteje como “marionetas manejadas por un fantasma”; sea en esa escritura en la soledad y desde la soledad que es Voces en el desierto, poemas escritos en la distancia de la máscara, sentidos como cuerpo de una identidad quebrada que a su vez quiebra el discurso, constante diálogo, melancólico, acaso un irresoluble combate entre el sujeto que enuncia y el consistente paso del tiempo, siempre mirada hacia atrás, hacia las ruinas que va dejando la historia, también la historia de cada uno, de quien escribe, de quien lee, de los personajes que nos hacen y deshacen, de la muerte que acecha en una ventana de luminosidad morada, en un colt nacarado, en la fascinación del mar pacífico.
“El celador del instituto cerró los ojos como buscando desaparecer, estar en otro lugar, caminando entre arbustos y las flores de un jardín mágico –nos cuenta el narrador en las últimas páginas de Parque de atracciones–, pero no aquí escuchando a un antiguo camarada que se dedica a deshacer entuertos de poca monta y que parece desolado, qué esperaba, qué podía esperar después de aquello, de aquel feroz desmoronamiento de todo, y no se refiere a la ruina estrepitosa, digámoslo así, de un mundo, lo que es normal, ha ocurrido y seguirá ocurriendo, no, ni mucho menos, sino que Fulgencio Rodríguez está pensando en la incapacidad de muchos para aceptar que lo normal es esto, sobrevivir en silencio, aguantar sin darse un tiro después de que se haya derrumbado todo lo que tuvo sentido durante una breve parte de la vida, y es como si durante la mayor parte de la vida tuviéramos que dedicarnos a fingir, a inventarnos fantasmas para aguantar, para no asesinar a los culpables, y sin darnos cuenta de que mañana nosotros seremos culpables, y esto no suele pensarse muy en serio, pero así es (…)”(5). Ecos benjaminianos en el pensamientos del forense Rodríguez, conclusión foucaltiana. Y no es baladí el apellido del personaje ni el oficio. Como si la palabra poética, entiéndase literaria, actuara de sutil bisturí, cuestionando la convención de las representaciones. Decir filosófico. No puede ser de otro modo: sutura de la filosofía y la poesía, ese es uno de los rangos que radicaliza el pensar contemporáneo –nos lo han recordado Deleuze, Derrida, Blanchot, también Heidegger– y en él está J. L. Rodríguez García. Lo teorizó en el ya citado tercer capítulo de su Crítica de la razón postmoderna pero, obviamente, es en sus textos creativos donde cobra expresión. Recordemos: “cifrar las diferencias múltiples, narrar los desplazamientos, marcar el permanente cataclismo que ennoblece la inmediatez”. Hacerlo como lanzando una pregunta, un mensaje al mar, como se llega a los sitios en donde no sabemos qué nos espera, como se llega a uno mismo cuando se espera una respuesta y como respuesta sólo se encuentra otra pregunta (6), una voz en el desierto. “Le preguntaron por la voz de la rosa/ y ella no supo responder.// Le preguntaron qué ocurría cuando llegaban las visitas/ y el viejo moribundo se calla.// Le preguntan por dónde comienza a leerse un libro/ y él se limitó a mirar por la ventana…” (7). Así comienza el primer poema de Voces en el desierto. Lo demás es la locura del arte que decía James, “ese insensato juego de escribir” con el que todo debería ponerse en tela de juicio, la propia vida, línea torcida, la distancia más corta entre dos puntos que recordaba Bertold Brecht, como hace el narrador explícito, entrometido, de Parque de atracciones: “Así ocurre, las gentes se van, somos protagonistas de una novela que circunda diversamente, qué irrisorio suponer que la vida es una línea recta, esto sólo pueden suponerlo los imbéciles, la vida se dispersa, nadie es capaz de controlar la velocidad y la intranquilidad de la vida, caja de muñecas.” (8)
José Luis Rodríguez sabe que hay que escribir para producir afectos que rebasen las afecciones y percepciones ordinarias, igual que los conceptos rebasan las opiniones corrientes (9), bifurcándose sin cesar, libro tras libro, hacia delante y sobre sí mismo, lucha intempestiva, trabajo en la oscuridad, las dudas, la pasión, el empeño.
Notas:
1. Alonso, Santos, La novela española en el fin de siglo 1975-2001, Madrid, Mare Nostrum, 2003, p. 299.
2. Rodríguez García, José Luis, En la noche más transparente, Zaragoza, Olifante, 1993, p. 69.
3. Rodríguez García, J. L., Mirada, escritura, poder, Barcelona, Bellaterra, 2002, p. 123.
4. Rodríguez García, J. L., Crítica de la razón postmoderna, Madrid, Biblioteca Nueva, 2006, p. 126.
5. Rodríguez García, J. L., Parque de atracciones, Madrid, Akal, 2009, p. 400.
6. Uno cambia de contexto y lleva a su terreno idea y palabras de Martín López-Vega leídas en Libre para partir, Oviedo, Trabe, 2008, p. 15.
7. Rodríguez García, J. L., Voces en el desierto, Zaragoza, Eclipsados, 2009, p. 13.
8. Rodríguez García, J. L., op. cit., 2009, p. 223.
9. Deleuze, Gilles, ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, Anagrama, 1993, p. 67.
(este artículo se publicará en el número 40 de la revista Riff Raff)
miércoles 13 de mayo de 2009
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2 comentarios:
bravo!
Estaba deseando leer esta reseña. Atesoraba altas expectativas. No me ha defraudado. Ocurre tan pocas veces, no ser defraudado. Un beso.
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