Ahora que se nos ha quedado el 2008 en el recodo y es tiempo de listas y recuerdos, uno piensa en los libros de cuentos que ha ido leyendo este año pasado y Manderley en venta de Patricia Esteban Erlés está en todas las recomendaciones que haría sobre el género. Junto a Sólo de lo perdido de Carlos Castán, Astrolabio de Ángel Olgoso, El perfume del cardamomo de Andrés Ibáñez (que es reedición ampliada), El boxeador polaco de Eduardo Halfón y Como una historia de terror de Jon Bilbao, el primer libro de la escritora aragonesa figura con serena comodidad, acusado carácter y voz propia, en esa lista de libros de cuentos escritos en castellano que uno hace buscando entre la memoria reciente y las mesas de librería. Pese a tratarse de un primer libro publicado, la escritura de Maderley en venta, que ganó el premio de narrativa Universidad de Zaragoza y ha editado con su elegancia habitual la editorial Tropo, no presenta costurones que delaten impericia o precipitación, al contrario, lo que caracteriza los cuentos reunidos bajo el evocador título hitchcockiano es un sutil dominio del tempo narrativo y la cualidad fotográfica –ese decir en el instante más que en la duración, ese construir sentido en la connotación y el hueco abierto– elementos tan necesarios en la distancia corta que es el relato literario.
Decía Julio Cortázar, maestro entre maestros del género, cuando le preguntaban sobre las cualidades del cuento, que su eficacia depende de una serie de elementos capaces de convertir un texto narrativo en una criatura viviente, en un organismo completo cuya respiración pasa de la escritura a la lectura y atrapa al lector sacándolo de la tiranía del sentido único. La tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de los parámetros previstos. Esas eran las cualidades que debía tener un buen cuento para Cortázar, cualidades, por cierto, que el escritor argentino también hacía participes al poema y a la música de jazz. La misma intensidad de la que hablara Miles Davis, una intensidad acaso leve pero siempre profunda. La misma intensidad, parecido el pulso sostenido, los armónicos, que hay en los cuentos de Patricia Esteban Erlés, en los de Manderley en venta y en los de Abierto para fantoches, libro publicado también este mismo año por la Diputación Provincial de Zaragoza y ganador del premio Santa Isabel de Portugal de narrativa.
Para lograr este objetivo, la escritora atiende a la realidad cotidiana –no siempre, los cuentos “Celebración” y “Cantalobos” no entrarían en este modelo–, fijando la atención en las posibilidades narrativas que alberga una casa media en una ciudad media de hoy día, en los habitantes de ese espacio, en los tipos y costumbres emocionales, sentimentales, que podrían, y pueden, desarrollarse en ese entorno. No le hacen falta dramas ni acontecimientos extraordinarios, el tono de los cuentos se corresponde con una aparente situación de normalidad, la inquietante inocencia de lo conocido. Aquella aparente normalidad de los cuentos de Chéjov, a quien Patricia Estebán Erlés homenajea en un precioso relato con perro como metáfora llamado “Vania”. Quizá convendría insistir en lo de aparente, en lo que hay tras ese velo. La ajustada mecánica de los cuentos de Manderley en venta, el estilo, el ritmo, la despiadada ironía con que retrata determinados personajes, la piedad con que se fija en otros, está al servicio de ese punto añadido. Ahí está la intensidad. En unos cuentos se desvela como deseo, también como frustración, –lean los satíricos, casi sátiros, “Una y otra” y “De culos y manzanas” o el muy distinto, al sustituir acidez por ternura, “Sin violín, desde el tejado”–. En otros cuentos, la intensidad es juego literario, trenzada lectura hecha escritura, cuidada pero visible alusión –lean “Historia de una breve alma en pena”, invertido cuento infantil de abuelita convertida en lobo, o el deliciosamente fantasmal “Habitante”–.
Estos son los dos perfiles del libro. Junto a la aparente cotidianidad, la clave cultural, literaria o cinematográfica. No es posible obviar esta clave cuando lo primero que se lee en la portada es una referencia tan señalada como Manderley. El lector comienza los cuentos desde una sospecha simbólica, una posición interpretativa: desvelar qué habita en esa casa que no es una casa cualquiera y por qué está a la venta –aunque todo libro está a la venta y con él lo que el autor muestra de sí mismo, más o menos imaginado–, al menos atravesar la verja, la verja íntima y sentimental de la memoria y las pulsiones. Recordemos que la película de Hitchcock, Rebeca, encubierta versión gótica de Cenicienta, comienza con la voz en off que dice la célebre frase “Anoche soñé que volvía a Mandeley” y continúa “Me encontraba ante la verja pero no podía entrar porque el camino estaba cerrado, entonces, como todos los que sueñan, me sentí poseída con un poder sobrenatural y atravesé como un espíritu la barrera que se alzaba ante mí”. Eso hace el lector, porque leer es soñar: atravesar la verja de esta casa que es un libro y recorrer el camino que serpentea retorcido, los días extraños de las vidas que se cuentan.
Manderley en venta, Patricia Esteban Erlés, Tropo editores, 2008.
(La reseña ha sido publicada en el número 89-90 de la revista Turia, un número que recomiendo vivamente. Los tres artículos de fondo sobre literatura son magníficos: Fernando Valls escribe sobre Juan Eduardo Zúñiga, Álvaro de la Rica sobre Adam Zagajewski y David Río Raigadas sobre Cormac McCarthy. Además hay un artículo sobre el que reflexionar y acaso polemizar de Javier Gomá Lanzón sobre el pensamiento contemporáneo, "La causa de nuestro actual descotento". Así como un suculento y variado grupo de inéditos tanto un prosa como en verso: Eloy Tizón, Royuela, Isaac Rosa, Halfón, Mercedes Cebrián, Amalia Bautista, Jordi Doce, Joaquín Pérez Azaústre, Carlos Pardo, Julieta Valero, Raquel Lanseros, Sandra Santana, Martín Rodríguez-Gaona, entre otros. Y encima un exhaustivo dossier, en este caso sobre el cineasta José Luis Borau. Y todas las pistas que abren las reseñas. Vamos, un número de primera.)
lunes 20 de abril de 2009
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