número nueve
(Eddie Constantine como Lemmy Caution en Alphaville)
david mayor

Hay noches que se escapan a la fuerza de voluntad y libros que los abres y parecen un espejo donde mirar el rostro desfigurado que no nos gusta pero nos dice. Hay veces en que esas noches y esos libros se juntan alimentado un insomnio de llevarse mal con uno mismo y sin embargo entenderse. El nuevo libro de cuentos de Carlos Castán -definitivamente uno de mis escritores favoritos- es uno de esos libros que se mueven por la puerta de atrás de la cabeza, un libro hecho con silencios que tienen pinta de palabra y palabras con pinta de silencio, un libro refugio, guarida, cobijo en la tormenta que decía Dylan. Un libro de imágenes describiendo emociones, el derrumbarse de los días que se quedan detrás, que narran la perplejidad ante lo que se viene encima. Un libro donde está escrito "El cansancio a veces, cuando va de la mano de una tristeza, se trae de alguna parte fantasmas como rayos, voces que retumban dentro y rabias que no se sabe por dónde andaban antes, y de alguna manera extraña regresa todo el daño, la sangre poco a poco se va volviendo cólera, y en apenas unos minutos no tiene ya ni nombre lo que hierve en lo hondo" o "pude sentir esa felicidad que sobrevuela los viernes por encima de los tejados, entre gatos y sábanas tendidas, como promesa del perfume de música que llegará más tarde, a la hora de la seda y el neón" o "esa voz serena que hablaba como debían hacerlo los libros olvidados" o "y nos enseño que en cualquiera de los tinteros abiertos vivían como dormidas todas las palabras del mundo" o "es increíble cómo en torno a algunas mujeres hermosas revolotea, como satélites o mariposas invisibles, tal cantidad de deseos que no se agotan en ellas". Son sólo algunos ejemplos, podría seguir, tengo mi ejemplar de Sólo de lo perdido lleno de páginas dobladas y marcas de bolígrafo. Ya sé que son frases fuera de contexto; las tomo como muestra de la capacidad que tiene Carlos Castán para convocar un mundo con un puñado de palabras e incitar a rebuscar en uno mismo, a ponerte en ese hueco que siempre acompaña a la lectura como sombra de nube, ese espacio que acaso no tenga ningún significado pero es todo sentido, señal que convierte las historias ajenas en un remite hacia el que dirigirte.