Uno pierde o gana los días entre anaqueles de libros, entre albaranes e impertientes palabras. Uno aún se imagina al viejo Saba en su librería antigua y moderna y aprecia la lentitud de las horas en Trieste. Uno lo imagina. La lentitud, el ruido del papel, el sonido de la puerta cuando se abre, el ruido del cartón cortado por una afilada cuchilla, los libros como tesoros, como lupas de aumento, como recuerdo de los viajes que siempre acompañan. Uno imagina librerías de escritores, librerías que se parecen a la memoria de lo que no existe, librerías que son un hueco, un refugio donde guardarse. Librerías inventadas, sin duda, apenas un crisol de las que uno ha visto, librerías imposibles, infinitas, largas hileras de tiempo acumuladas por el polvo, por letra impresa en tipos que ya nadie usa. Pero uno, además de imaginar, vive en una librería intentando cumplir el gramsciano aserto de ocho horas para el enemigo y dieciseis en contra. De las estructuras no se libra tan fácil el individuo. Transcurren las mañanas y las tardes en una librería concreta, una libreria parecida a sí misma, en la que uno pone trampas y encuentra sorpresas. Una librería acaso postmoderna, acaso por hacer, acaso la voz de quien firma las nóminas del negocio. Una librería donde leer es un oficio transversal, un dejar para más tarde. Uno lee sobretodo cuando empieza a caminar, cuando es de noche, detenido sin que suene el teléfono. Pero además, uno se ha hecho experto en leer
mientrastanto páginas sueltas, destilándolas como si fuesen caldo, sea afrutado o veneno, en leer líneas maestras, intempestivos salvavidas, salvahoras. Uno hojea mientras coloca las provisionales formas de la novedad y logra escaparse. La última de las intempestivas que he encontrado entre caja y ticket no me resisto a apuntarla para que se desvíe. Contraportada del último libro del incomprable Gilles Deleuze publicado en España, editado por Pre-textos y titulado
Dos regímenes de locos. Un fragmento de la crítica que el francés hiciera a la película
La sombra de los ángeles de Daniel Schmid, publicada el 18 de febrero de 1977 en
Le Monde y recogida integramente en el interior del libro.
“Por muy actual y poderoso que sea en muchos países, el viejo fascismo ya no es el problema de nuestro tiempo. Se está instalando un neofascismo con respecto al cual el antiguo fascismo quedará reducido a una forma folklórica (…) En lugar de ser una política y una economía de guerra, el neofascismo es una alianza mundial para la seguridad, para la administración de una ‘paz’ no menos terrible, con una organización coordinada de todos los pequeños miedos, de todas las pequeñas angustias que hacen de nosotros unos microfascistas encargados de sofocar el menor gesto, la menor cosa o la menor palabra discordante en nuestras calles, en nuestros barrios y hasta en nuestros cines.” (sustituye cines por lo que te venga en gana)