miércoles 16 de julio de 2008

La memoria en el barrio

Cuando a uno le preguntan por su barrio, acude a la memoria. La memoria es como un libro que siempre está por escribir, una lectura obligatoria que nos pone en nuestro sitio pero que también nos saca de quicio, al mismo tiempo que abre la puerta que da cobijo nos lleva al país de Nuncajamás. La memoria tiene las hojas marcadas como cartas en un juego de azar. Es la enciclopedia de uno mismo, un solar donde construirse, un puente por el que pasar, el agua que lleva, el agua que nos bebe. La memoria siempre te coloca en un barrio distinto, un barrio con el gesto adecuado como cuando nos miramos en el espejo y evitamos nuestra mala cara como si fuera la mala suerte. La memoria es un barrio de viaje, un taxi con luz verde, un coche de carreras, un renault alpine por ejemplo o un pegaso o un ochocientoscincuenta azul nada metalizado, un ochocientoscincuenta preparado, un cientoveinticuatro blanco y con capota negra para ser más convincente delante de la bandera a cuadros, bajando por la cuesta de uno mismo a ver hasta dónde llega.
Cuando a uno le preguntan por su barrio podría dejarse la memoria en el mapa del bolsillo e instalar el atril y las lupas en la plaza del barrio donde ahora vive y saca punta, ese barrio metafísico que hay entre la plaza de toros de la Misericordia y el antiguo hotel Corona, barrio de fantasmas y paseantes en el que comparten espacio con la extensiva clase media de zaragozanos tradicionales o no, una nutrida caterva donde no faltan detectives y putas, vagabundos rusos de manos gigantes, bebedores de la cerveza más barata que se pueda imaginar, arrieros extraviados, yonkis de libro, y no el de Burroughs sino, y por desgracia, el de frase hecha, puteros aburridos con boina de domingo llegados de un pueblo perdido para siempre en el tiempo, salvapatrias con esquina donde aliviarse, beodos con idioma de signos, roñosos de rastro diario, farsantes varios, equilibristas de toda condición, cancheros venidos a menos, africanos del norte y del sur, bien vestidos con chilabas y barba rasa, con colores del Senegal y olor a cardamomo, salvados del horror televisivo, con los ojos siempre grandes de verlo todo. Pero este barrio donde vivo ahora, que es retrato de la condición humana, el barrio de las mil y una noches, el del farsi y el wolof, el rumano y el portugués, el barrio que se parece a la Roma vacía de De Chirico pero llena de los ragazzi di vita de Pasolini, no es un barrio de la memoria, es un barrio contemporáneo de página de sucesos y aviso de bomberos, de reforma educativa y ley de emigración, de locutorio, metadona y Lidle a todas horas, la cara B del centro de Zaragoza, un barrio en presente del indicativo al que se puede cruzar desde la Expo torciendo un poco hacia a la izquierda. Un presente que pone a este barrio apasionante y loco donde vivo, metafísico decía, plagiando a don Miguel Labordeta, en un estante distinto tanto del de mi barrio de la memoria como del de los otros barrios donde uno ha vivido, mi barrio de la estación en Italia o los madrileños de Chamberí, Moratalaz y Atocha. Todos amigos íntimos, compañía y paisaje, lugar de la guarida, sin embargo mi autentico barrio de la memoria, para mí y supongo que para cualquiera, es el primero, donde viví tantos años y donde todavía viven mis padres, el barrio de Las Delicias. Un barrio que en mi memoria es el Camino Mosquetera sin asfaltar y los futbolines del señor Paco donde cambiaba tebeos de vértice en blanco y negro, un barrio con una casa que era un palacio lleno de plantas en una esquina que parecía inglesa y no española y donde imaginaba que llevaban trajes del XIX y espada al cinto. Ese barrio de la memoria lo atraviesa la calle que me llevaba al colegio de la mano de mi madre, por la que llegaba mi padre en un fordfiesta con cara de bueno y cuatro velocidades. El barrio de mi memoria es una parada de autobús con diez minutos de espera donde aprendí a mirar la vida cotidiana como si fuera un espectáculo siempre formidable. Ese barrio son las carteras a la espalda, los perros lobo, los árboles recién plantados, el olor del membrillo, los jerseys de cuello vuelto, las bolsas de leche, el mercadillo de San Valero, el ruido de los trenes cuando pasaban y el Pilar allá a lo lejos como si Zaragoza fuera un barrio de mi barrio. Pero de ese barrio original y propio del que apenas he hecho un dibujo y que podría seguir describiendo, no he venido a hablar, el barrio que nos concita es el de Santa Isabel, un barrio con nombre de patrona y día festivo. Y ahí, en esa parte de la ciudad que es ciudad en las afueras también pongo mi memoria y le doy al botón de play. Y en mi cabeza aparece aquel verso de García Casado: “estar en las afueras también es estar dentro.” Algo, estar dentro de la ciudad pero con perspectiva, que también suscribe mi buen amigo Eduardo Tolosana, isabelino de pro, que atrapa como imán y te pasea por Santa Isabel con bastón de mando como si guardara un tesoro en cada calle, en el antiguo campo de fútbol, en las escuelas que rememora con sapiencia de niño listo.

“Miro el patio de recreo/ a través de la verja metálica./ La han pintado de verde/ pero es la misma que colocaron/ antes de que yo cambiara de colegio./ Pienso en los obreros anónimos/ que trabajaron allí./ ¿Qué será de ellos?/ ¿Qué pensaban cuando/ veían pasar a los niños en las mañanas frías?/ Lo absurdo es pensar/ que entonces me molestó mucho/ porque al ser tan altas/ ya no podía colgar los balones/ y pedir permiso para salir a buscarlos/ a la carretera, a las acequias,/ a los campos sembrados de trigo…/ ya no queda nada de eso en el barrio/ todo son adosados y bloques de hormigón. La libertad siempre está al otro lado.” Eduardo Tolosana

Eduardo te habla de los campos que ya no existen donde jugaba, de los senderos que iban hasta Montañana, de los que llegan hasta Movera, donde el Ebro es un mangazo de agua ocre. En Movera, el Gállego pone su particular palabra fin y se une al Ebro intercambiando el color y la fauna. Delante de unas casas que han entrado en el siglo XXI con cara de domingo, uno se imagina en Movera un antiguo puerto fluvial de otro siglo, con gabarras y paquebotes como si fuera un puerto del Loira o del Zembeze o del Yang-Tze, ríos de calado infinito y barcos tranquilos, de sampanes y goletas, ríos de embarcaciones breves y silenciosas, de velas latinas y motores roncos. Paseando por la orilla del Ebro a su paso por Movera, uno imagina troncos llegados desde el Pirineo amarrados con cinchas de cuero a los muelles de carga e intuye un olor que no tiene de curtidores y tenerías, cerca de los cabañales, donde esconden sus nidos las ondinas, las sirenas de agua dulce que remontan el Gállego en busca de presas que escuchen sus cantos. Dicen que se aparecen en los remansos del puente de hierro cuando el sol asoma o cuando se pone. El color brillante de sus escamas reluce a pesar de tantos años intoxicadas por los sulfatos. A veces, despistada en el laberinto de las acequias, alguna ondina se quedan sin corriente donde nadar y permanece escondida en el frescor de un sifón a la espera de que abran la tajadera que le cerró el paso o de que algún vecino caiga en la tentación de su leyenda. Sólo una vez vimos Eduardo y yo una ondina a lo lejos, pálida y manchada, apenas el tiempo del parpadeo, como una piedra cuando cae al agua enseño su cabeza enredada de algas y bolsas de plástico. Alguna noche, siempre las más frías, hemos escuchado la melodía insidiosa de su vocales largas a lo lejos. Si tienen paciencia y resisten el mordisco del cierzo, les recomiendo que se detengan rato en el puente de piedra alguna de esas noches que el aire corta y permanezcan avizores y abran los oídos, quizá tenga la suerte de escuchar el silbido de las sirenas, quizá las vean cerca del pozo de San Lázaro donde dicen que hay otro de sus nidos, pero no se fíen, recuerden que el bueno de Ulises tuvo que atarse.
Acaso las ondinas sean difícil de hallar por nuestros barrios, escurridizas y vivas, pero el bestiario es más nutrido, sólo hay que detenerse donde nadie se para y prestar atención. En Santa Isabel viven animales nocturnos en las huertas, ojos brillantes que asoman por las mañanas de rosada en invierno, pájaros prehistóricos se esconden en los campos de alfalfa, los mirlos, las garzas, los impertinentes tordos de cola cenicienta. Pero este barrio de bestiario también es un barrio de la memoria, un barrio construido para uso de uno mismo que nadie se equivoque, acaso esté al otro lado como escribía Eduardo en su poema. El Santa Isabel en presente es un barrio de dúplex y adosados, de pisos blancos de nuevo cuño e interminable hipoteca, lleno con los nacidos en los setenta y sus nuevos niños y sus bicicletas de cuatro ruedas. Pero ese lustre de barrio nuevo le da un toque distintivo en verano como de día de fiesta, de día de playa sin tener que atravesar los socarrantes Monegros. Un barrio más cerca que nunca del mar. Santa Isabel, primer barrio de la Zaragoza marina. Porque la luz de Santa Isabel es una luz mediterránea, una luz de terraza con jarra de cerveza de medio litro y paquete de patatas, una luz de chancleta y piel cobriza. Santa Isabel es un barrio nuevo, de mar y río, de calles y coches y asfalto y grúa nueva.

“Habitualmente siempre cogía la misma línea de bus, la C-16, desde el centro a mi distrito, el 16, el más alejado del extrarradio. Un lugar tranquilo que todavía guardaba cierto aspecto rural, en constante batalla con los edificios más modernos, colmenas humanas, dormitorios de obreros y oficinistas venidos de los pueblos de la región. Yo, sin embargo pertenecía a una familia que había llegado hacía mucho tiempo y todavía habitaba la vieja casa que construyó el abuelo de mi padre. Una humilde parcela de dos plantas y un pequeño terreno en la parte de atrás. Alineadas a la vía principal, las diferentes fachadas de los vecinos dan un aire divertido cuando el sol les dibuja una sonrisa pero en la noche, la oscuridad, tan apenas intimidada por unas pobres luces, tienen el aspecto de macabras máscaras.” Eduardo Tolosana

Fue Eduardo quien me llevó por primera vez a su barrio. En la casa de la que habla, justo antes de la cuesta de Barcelona, con otros amigos -el Tuto, LA, David Sanz, Toñín y Javi Pomar- había montado en el pajar un improvisado local para tocar rockandroll a todo trapo sin molestar a casi nadie. Para llegar a aquel Santa Isabel de discos de vinilo y canal blues, subo mi memoria en el autobús treinta y dos y la llevo por esa avenida que parece un campo de batalla que es la avenida Cataluña. Pongo la memoria en el puente del Gállego y me veo en una peli de ciencia ficción, en un relato de Ballard, en los últimos días de la humanidad con Charlton Heston. La memoria tiene estas cosas, tan pronto se va hacia el pasado como le da a la ruleta del futuro. Antes de conocer el barrio de Eduardo, Santa Isabel sólo eran dos palabras en la carretera de Barcelona, un semáforo en rojo, una plaza con una fuente, un límite, el paso por las afueras, eso tan parecido a un estado de ánimo, ahora es parte de mi memoria, hojas escritas y por escribir, un paseo que es un viaje.

(Texto leído el domingo 13 de julio dentro del ciclo "Los poetas y sus barrios" del pabellón de Zaragoza en la Expo)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha encantado!

Anónimo dijo...

.....y a mí, me ha gustado mucho. seguiré tus escritos