martes 3 de junio de 2008

agua sucia

En marzo de 1919, la familia Léskov dejó Sebastopol en un barco rumbo a Constantinopla, allí, mientras esperaban el transbordo que les llevara exiliados hasta Barcelona, permanecieron en una villa a orillas del Bósforo. Una casa de madera negra y ventanas adornadas con flores rojas desde las que se veía un paisaje que era el fin del mundo. El pequeño Iván guardaría aquel paisaje en la memoria como trasunto del paraíso perdido, refugio para los días negros. Su hermana Elia se lo recordaría muchos años después en una carta escrita con el pulso de los años vividos. Aquel tiempo fugaz también impresionó a Kiril, el mayor, quien sentado en una débil silla de anea escribió un poema del que sus hermanos sólo conservaban un par de versos a todas luces apócrifos: “Quisiera conseguir algo valioso:/ a mí mismo aunque fuese diciendo no.”

1 comentarios:

Pablo Lópiz Cantó dijo...

¿Algo valioso? Lo más valioso. Lo único valioso: encontrarse a uno mismo diciendo no.
Besos.