jueves 15 de mayo de 2008

La huelga en el tonel. El 68 en adelante

“Desde que existen los hombres, y leen a Lautréamont,
todo está dicho y, en cambio,
son pocos quienes han llegado a sacar provecho.”
Raoul Vaneigem



Uno podría recorrer el 68, el año dicen que conmocionó el mundo, y destacar los titulares, por ejemplo aquel irónico l’ année 1968, je la salue avec serenité del antiguorégimen de Gaulle la nochevieja previa. Uno podría dar lumbre a las voces y conjurar los ecos, hacer arqueología y espectáculo de los acontecimientos que están en los libros de historia, las señales en los mapas, en México, California, Berlín, Praga, París o Roma. Uno, que nació después de la muerte de John Coltrane en junio del 72, podría recordar la memoria que no tiene, pero que es educación sentimental, texto subrayado, nota a pie de página, libros amontonados debajo de la cama y subrayar las direcciones como agenda para el futuro anterior que nos espera, campus de Nanterre, de Berkeley, plaza de Tlatelolco, la calle Ulm, Via Giulia, rue Gay-Lussac, o los nombres propios, los Abbie Hoffman, los Cohn-Bendit, los Alain Krivine. Uno podría glosar el cine de Godard, Los ejércitos de la noche de Norman Mailer, los números de la Internacional Situacionista y recordar las hostias de Ali, los ojos asombrados de José Martínez camino de la librería de Ruedo Ibérico en el Barrio Latino o a ese Pasolini en tierra de nadie tras la batalla del 1 de marzo en la facultad de arquitectura de La Sapienza entre policías campesinos y estudiantes pequeñoburgueses. Uno podría insistir en la miseria del medio estudiantil considerada bajo cualquiera de sus aspectos, sobre todo el intelectual, en el valor de la diferencia, de cualquier diferencia, en el anhelo de las barricadas del 48 y del 71, en el primer disco que Dylan publicaba después de su accidente con la Triumph y que sonaría durante todo el año, John Wesley Harding. Uno podría escribir sobre el olor del gas lacrimógeno, del moratón que deja la pelota de goma, de los graffitis del atelier populaire de las Escuelas de Bellas Artes y Artes Decorativas de la Sorbona, aquellos “El agresor no es la persona que se rebela sino la que se conforma” o “Toda la prensa es tóxica” o “Mayo es el inicio de una lucha prolongada”. Uno podría poner fechas en círculo rojo, darles rango de fiesta, el 22 de marzo cuando en el 67 aparecen de nuevo los enragés, otra vez airados, encolerizados que recuerdan a Jacques Roux, a Varlet, a la actriz Claire Lacombe, revolucionarios de 1793, uno podría recordar las turbas del 7 de mayo cuando miles atravesaron París gritando ¡Viva la Comuna!, el 10 de mayo, por la noche, el 24 de mayo, con las teas en la mano para quemar la Bolsa que todos los días sale en el telediario.
Uno podría ejercer de listillo, vertiente políticocultural, un oficio bastante extendido para el que no hace falta ser domperfecto cincuentón, ni resabio sesentón, ni tener galones para escribir con sobada retranca que todo cambió para seguir estando donde estaba, más allá de las revueltas generalizadas, los movimientos obreros, las celebraciones libertarias o las búsquedas de nuevas formas de intervención política. Uno podría insistir en el aburrimiento de los diarios bienqueda -cada cual que ponga su favorito, caben todas las tendencias- que son a fin de cuentas quienes dan forma a la actualidad de la historia contemporánea y encuadran el 68 como un buen suplemento de fin de semana, cuarenta aniversario de un acontecimiento fetén que mueve de un lado al saludable espectáculo del buenrollismo y de otro a la nostalgia, que no melancolía, de mirarnos en un espejo capaz de aceptar las poses del fracaso sin excesivo dolor. El 68 también es producto de los medios, pocos serán los que todavía no han oído eso de que la historia la escriben los vencedores.
Uno podría detenerse en cualquiera de los asuntos enumerados y supone que saldrían artículos aseados a la vez que curiosos, columnismo siempre aspirante a la página impar. Pero no. No me detendré, porque el comentario induciría a pensar que el 68 fue algo que vino y se fue como una sarampión del que se puede hacer historial clínico, una manifestación periódica más dentro del ciclo revolucionario, que es como las crisis económicas pero venido a menos. No me detendré para hacer ningún ejercicio forense sobre un fantasma tumbado en la camilla de las conmemoraciones con número redondo. No para dar la impresión de que lo mejor es renunciar al 68 y considerarlo con un carácter simbólico o imaginario, precisamente lo que no fue en absoluto, “se trató de una irrupción de lo real puro” en palabras de Gilles Deleuze. Una irrupción que afectó definitivamente a nuestra vida cotidiana, a la de hoy, a la tuya, a la de aquél, a la mía, y más en concreto a nuestra relación en ese ámbito, el del día a día, con el poder. Pero no el poder del Estado, ese concepto que vinculamos a nuestro estar en un ámbito de burocracia y administración legal, más bien “el estado del poder, su fluidez, su silencio, su circulación generalizada, sus flujos y sus devastaciones, sus construcciones, los edificios y las ruinas”. El 68 receló del poder en todos sus niveles, receló de la política institucional, de las organizaciones por supuesto de derecha pero también de izquierda. Los dos bloques de la guerra fría eran igual de sospechosos. Dicen los libros que la mayoría de quienes se manifestaron no eran militantes ortodoxos, eran ciudadanos que seguían un código antiautoritario y rechazaban el liderazgo. “La estrategia revolucionaria –escribió José Luis Rodríguez García comentando el aporte de Edgard Morin al 68- se disemina, se presenta como conjunción de que aúnan la diversidad de realizaciones deseables y, coherentemente, la pluralidad de las subjetividades en proyecto de acción.” Pluralidad de subjetividades y pluralidad de estrategias, tantas como vidas de una en una. El 68 descubrió la difusión generalizada del poder en la vida cotidiana gracias a la consolidación de la clase media y la sociedad del espectáculo e hizo de este hecho una ocasión para la crítica. No sólo la habitual hasta ese momento crítica economicista que se enfrentaba a la alienación como condición de servidumbre sino una crítica a esa totalidad social que hace de la vida cotidiana un enorme pantano. El lema surrealista que había sumado el transformar el mundo de Marx con el cambiar la vida de Rimbaud era el realmente necesario. “Cambiar a la vez la condición social del hombre y la concepción que el hombre tiene de sí mismo” escribió Jean-Paul Sartre. Y ese sigue siendo el mismo propósito: cambiar la concepción que el hombre tiene de sí mismo utilizando multitud de estrategias, “la guerra de los antropos contra los cibernantropos será un guerrilla” escribió Henry Lefebvre en un panfleto del 67.
Quién se atrevería a decir que no estamos en las mismas. Ahora el poder sigue tan instalado, aún más, en las cabecitas de cada uno, no sólo en los que fácilmente se reconocen como enemigos, en los fascistas que ha habido, hay y habrá y no tiene demasiadas dificultades en reconocerse a sí mismos como lo que son, también en quienes cacarean su izquierdismo y promueven una voluntad autoritaria en su comportamiento cotidiano, en los puestos de trabajo, en sus casas, en la calle, con su hipocresía y su educación burguesa de medias tintas y medias palabras, un micropoder que nos convierte en microfascistas más o menos inconscientes, policías, jefes, patrones de bolsillo, da igual la tabla salarial en que esté situado. “Por muy actual y poderoso que sea en muchos países –escribió Gilles Deleuze apenas diez años después del mayo francés-, el viejo fascismo ya no es el problema de nuestro tiempo. Se está instalando un neofascismo con respecto al cual el antiguo fascismo quedará reducido a una forma folklórica. (…) el neofascismo es una alianza mundial para la seguridad, para la administración de una ‘paz’ no menos terrible, con una organización coordinada de todos los pequeños miedos, de todas las pequeñas angustias que hacen de nosotros unos microfascistas encargados de sofocar el menor gesto, la menor cosa o la menor palabra discordante en nuestras calles.” Ahí está la permanencia del 68, no en el fantasma cultural de la nostalgia periodística y el anecdotario complaciente. El 68 es el 69 de las costumbres, el aviso de que todavía es necesaria una radical subversión de la vida cotidiana. La revolución no es una gran transformación fácilmente reconocible, un cambio del aquíyelahora, la revolución ha de ser tan sutil y silenciosa como el funcionamiento de la maquinaria del poder, ha de ser cada día y de uno en uno, una permanente oposición a la pervivencia y beligerancia del micropoder y el microfascismo, una resistencia molecular, psicológica, sin esperar un futuro radiante sino un pequeño desvío en el presente más otro pequeño desvío más otro más otro más, una modificación constante pero inadvertida, una sociedad abierta y atravesada por todos los flujos y las diferencias, nada nuevo a lo que ya tenemos, sólo hay que prestar atención, acaso aprovechar que Mayo es el mes de Diógenes y que cada uno haga huelga en su tonel.

(Publicado en el número de mayo de la revista Laberintos)

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu también lees a Foucault, eh? Muy bueno