miércoles 28 de noviembre de 2007

número cuatro
Los años felices
Discutían pletóricos de juventud
con brazos gesticulantes
sobre la eficacia expresiva,
con treinta años prematuros, hartos
de voces alquiladas, como malvís de agua
siempre en las orillas de un río
que nunca se cruza.
Hablaban con la espalda nerviosa, mirándose,
solos
a pesar de la vida.

Afuera, se está solo o no se está.

martes 27 de noviembre de 2007

Los lugares del relato: la lista de la compra

sábado 24 de noviembre de 2007

Historia de las ideas estéticas y
de las teoría artísticas contemporáneas.
Mick Jagger y Françoise Hardy

viernes 23 de noviembre de 2007

“Mi vida tiene menos de biografía que de bibliografía.” Vladimir Nabokov

“Hay que cultivar el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad.” Antonio Gramsci

miércoles 21 de noviembre de 2007


small faces.
tin soldier (1967)

martes 20 de noviembre de 2007

Joaquín Pérez Azaústre, poeta y narrador de postín, gran vividor, cercano hasta la sombra, aunque ahora lejos por esos raros demonios que a veces llegan, ha ganado el "Fernando Quiñones" de novela con La Suite de Manolete, una novela rápida y literaria, una novela que dobla el mito hasta meter dentro a Iván Orgillés. Enhorabuena, enorme, amigo, a pesar del silencio, en los toros también cuenta.

lunes 19 de noviembre de 2007

“Es más importante devenir libre que tener libertad, como decía el viejo Lessing, es más importante buscar la verdad que tenerla.” Toni Negri

sábado 17 de noviembre de 2007

Al final de este ensayo sobre la identidad, o, mejor dicho, sobre cómo sentimos ese yo que nos acompaña como un fantasma, Clément Rosset nos recuerda la inutilidad para la vida de preguntas como "¿quién soy realmente?", del mismo modo, apunta el filósofo, que si estoy nadando y de repente me pregunto en qué consiste la natación, con toda seguridad me iré a pique. Pero, sin riesgo de ahogamiento, lo mejor es empezar a leer este libro desde el principio. Rosset lo merece. Cada uno de sus libros pone en evidencia alguno de los mitos modernos más acusados e impertinentes. Esta vez se ocupa del yo, el yo por el yo, el yo soy así, el yo que no cambia, el arte del yo yo. Rosset desvela que el yo es embrujo, el yo está en otra parte, lejos de mí, en los otros, el yo es él, el yo es social, un préstamo, un intercambio, percepción, alguien más.
Lejos de mí, Clément Rosset, Marbot, 2007.

viernes 16 de noviembre de 2007

“Para tener otra vida, uno debería ser capaz de concluir la primera, y ése es un trabajo que requiere preparación. Nadie lleva esta clase de tarea de manera convincente, aunque, en ocasiones, las esposas fugaces o los sistemas políticos nos brinden un buen servicio... Es con otras casas, con extrañas escaleras, raros olores, un mobiliario y una tipología desconocidos como los proverbiales perros viejos sueñan con su senilidad y decrepitud, no con nuevos amos. Y el truco consiste en no molestarlos.” Joseph Brodsky

jueves 15 de noviembre de 2007

Yo también digo abajo el comunismo del alma, viva el consumismo del alma.

miércoles 14 de noviembre de 2007

Alejandro Verner vivía en una casa orientada hacia el oeste, con dos inmensos nogales en el jardín. Allí le gustaba hablar con quien se detuviera, platicar de lo humano y lo divino, pleitear de lugares comunes. Los temas eran tan impertinentes como la historia de los días, los había densos como el grumo del asfalto y tontadas de chiquilicuatre. Hoy recuerdo un asunto sabroso y de nunca acabar, puesto que a Alejadro Verner le gustaba hablar de la identidad, “ese raro efecto llamado yo”, como una consecuencia extraña. Pero, ¿consecuencia de qué? ¿Y por qué extraña?
En las argumentaciones de Verner la identidad oscilaba entre la diferencia y la igualdad. Nuestra vida, decía Verner, es el resultado del proceso de montaje y desmontaje de nuestra identidad, la propia identidad es un constante proceso en el que se ajustan y desajustan nuestras diferencias, nunca es algo dado ni hecho. Nunca se termina. La identidad es algo así como un caleidoscopio en el que van cayendo las piezas de colores, el sonido de algo definido que se derrumba para formar algo nuevo.
Y si la identidad es un proceso constante, es decir un efecto, Verner insistía en que podemos determinar, en alguna medida, esa construcción. Lo que implica una cuota de soberanía sobre nosotros mismos, una responsabilidad que excluye la resignación a justificarnos en lo que nos viene dado. Esto es lo que más le interesaba a Alejandro Verner. La dignidad la entendía como un hacerse a sí mismo. Esquivaba el peliagudo asunto moral porque si no saltaban chispas.
Verner se detenía ante la perplejidad, se preguntaba por el cómo nos consideran los demás. Le interesaba lo raro, ya que la identidad la medía desde ese lugar extraño que son los otros. No es que seamos lo que hemos decidido ser sino que somos lo que han hecho de nosotros. Alejandro Verner le ofendía la extendida idea de que creamos lo que creemos que somos, prefería vivir no sólo con lo que hemos decidido ser sino también con lo que han hecho de nosotros. No somos los narradores, decía con su habitual aplomo y desgana, sino los narrados, efecto, siempre efecto, de nuestro propio discurso.

lunes 12 de noviembre de 2007

Dante encontró el infierno leyendo a sus poetas favoritos
Foto de André Kértesz

sábado 10 de noviembre de 2007


caterina caselli
casco d'oro (1966)

viernes 9 de noviembre de 2007

“No puedo ser nada./ Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.” Fernando Pessoa

jueves 8 de noviembre de 2007

¿Saber mentir es lo mismo que decir la verdad? Saber mentir es lo mismo que decir la verdad.

miércoles 7 de noviembre de 2007

Uno regresa de Venecia como un fantasma un día de viento, atrapado en algo que se escurre, como el agua de los ojos. Un algo que no sabe bien qué es, un algo de otro tiempo, fuera de lugar para siempre, una dilatada memoria de lo que no se ha sido, de lo que no se entiende, de lo que te acompaña como reverso de los días vividos. Uno regresa de Venecia híbrido, hecho un cisco, parte de un laberinto del que ya ni quiere ni puede salir. Venecia te llena tanto los ojos que se queda dentro, tan adentro que ya no eres de ningún otro sitio, al menos durante el tiempo del entusiamo, ese tiempo que aprieta la memoria hasta donde no conoces, hasta donde no hay certeza ni incertidumbre. Venecia es un viaje donde no pensabas, un viaje de vuelta que no termina, una calle de más, la hora que no está en el reloj, la segunda vida, por supuesto. Venecia no está en las guías.
Venecia es un pez, Tiziano Scarpa, Minúscula, 2007.

martes 6 de noviembre de 2007

"Quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra" Raúl González Tuñón

lunes 5 de noviembre de 2007

Coolhunters en voz baja

Editoriales literarias aragonesas en una librería

Si os dan papel pautado
escribid por el otro lado.
Juan Ramón Jiménez


Escribir un artículo es como dar un paseo. Para quienes creemos en las iluminaciones aquéllas de las que hablara Benjamin, que hermanaba a escritores con heridos varios –soñadores, borrachos, lectores, paseantes, consumidores de opio-, un artículo es siempre un viaje en el que las estaciones son las certidumbres e incertidumbres que proponen ideas y arrebatos personales o de otro. Cuando a uno le encargan un artículo como éste en que debe tastar las editoriales literarias aragonesas recientes, debería emprender viaje tras la pista de esa figura de nuestro tiempo que es el cazador de tendencias o, por decirlo en rimbombante inglés, el coolhunter, es decir: tras la pista de lo que es o debería ser un editor contemporáneo. Lo de coolhunter es un palabro habitual a distintos ámbitos creativos, pero que, como recuerda Eloy Fernández Porta en un ensayo reciente, no ha calado en el mundo literario español. A uno le apetece emplearlo porque le recuerda a un personaje de tebeo, a un rastreador que sigue los trazos de la canción en un desierto o en una enmarañada selva, a uno de esos tipos que se dejan las tripas por señalar qué es lo auténtico, a un héroe trágico inscrito en la trepidante peripecia de hacer libros. Un editor, esa figura casi retórica que en sí mismo podría ser género literario. Un editor mítico como los José Martínez, Carlos Barral o Giangiacomo Feltrinelli por supuesto, aunque lo de coolhunter sea un traje de otra época que no les siente demasiado bien, pero también un editor sin pedestal, un editor como los de las editoriales aragonesas que cualquier lector puede solicitar en una librería. Cazadores de tendencias son Chusé Raúl Usón de Xordica, Óscar Sipán de Tropo o Ignacio Escuín de Eclipsados, incluso alguien con la vista atrás como Raúl Herrero de Libros del Innombrable, indies de la edición que se apartan de las corrientes dominantes consolidando un catálogo definido y personal. Coolhunter es el instinto de la colección de poesía Chorrito de Plata. Y aunque sin duda nacieron en otro paradigma cultural, coolhunters literarios son, en mayor o menor medida, editores de la generación anterior como Certeza, Egido, Mira, Onagro, Prames, Prensas universitarias de Zaragoza o Unaluna. Todos buscan, rastrean con más o menos intención. Piel de cazador también tiene Olifante de Trinidad Ruiz Marcellán, sello de poesía aún más veterano. Editoriales, muy diferentes entre sí, algunas no específicamente literarias, cuyos parámetros principales son de otro rango –científicos, divulgativos, de viajes- que se mueven en la vorágine de la edición contemporánea, unas con vocación mainstream, otras underground y acaso las más dentro del slipstream, apelativo también vendido allende los mares, término medio que designa a quienes se apartan de lo dominante sin alejarse de las condiciones de actualidad.
Uno ha tenido la fortuna de trabajar para una editorial fetén y ha disfrutado conversando con los editores sobre esa tarea antigua del hacer libros, sobre el cuidado y el sentido de un libro y no otro, sobre la importancia de hacer catálogo, sobre el orden tranquilo de las tipografías, sobre el papel y su gramaje, sobre la mancha de tinta, sobre los márgenes que ayudan a leer y los que cansan, sobre la belleza de algunas itálicas. Uno, que desde chaval ha estado acompañado por los libros, al principio sólo se fijaba en el contenido, en los argumentos, las palabras, el estilo, los personajes, la estructura, en el mundo de uno u otro autor, en la imaginación, en la lectura más o menos costosa, más o menos voraz, pero poco a poco ha aprendido a disfrutar del orden y la composición del objeto libro, de los colores mates, de la ausencia de plástico en las portadas, de los interlineados sanos, de las ilustraciones discretas y del arte de escribir solapas, hasta disfruta de las fulgurantes erratas que sobresalen a la vista cansada. Imagino que es el proceso normal: de la abstracción a lo concreto, de la literatura al libro.
Pero el gusto por el libro bien hecho también desvela la cantidad de libros mal hechos que entran en las librerías. Editoriales que cuidan la edición, de tal modo que hacen libros que quieres tener no sólo por el autor que los firma sino también por la calidad formal y tipográfica, frente a editoriales que publican. Que cada cual repase libros de las editoriales aragonesas antes mencionadas y descubra por sí mismo las diferencias de edición que hay entre unos y otros. El libro, ese objeto que proponía una formación en profundidad hasta hace cuatro días, vive tiempos en que ha de batirse con un crecimiento exponencial de la información de superficie, epidérmica, como si todo, incluso el libro, fuese noticia a vuela pluma con fecha de caducidad, hoja volandera susceptible de reciclaje. En realidad, más que información, lo que hay es ruido, mucho ruido. A ver quién grita más, a quién se le oye antes, quién reclama más atención. Da igual para qué. Y el libro también ha entrado en ese vocerío. Un mes normal como éste pueden entrar en una librería generalista cientos de libros como servicio de novedad, de los cuales da miedo pensar cuántos terminarán siendo pasta de papel mucho antes de lo que cualquier lector anónimo, ajeno a la profesión, pudiera imaginar. Ahora, más que nunca, las librerías son la antesala del olvido que decía Julio Ramón Ribeyro. Que se edite más, no quiere decir que se edite mejor ni, por desgracia, que se lea mejor. Para qué invertir en el libro si luego apenas dura en la librería un par de meses, he escuchado a algún editor desesperado. Libros con portadas rallantes, con tamaño desmedido con el que intentar robar espacio de exposición, novelas que son cuentos hinchados a los que se les pone el membrete de un premio y se edita en ampuloso cartoné con las hojas pegadas y no cosidas, blancos chillones, letras mal impresas para ahorrar tinta. Y luego están los libros malos, mal escritos, que también es ruido, dolor de cabeza.
La librería –y perdonen la frase hecha- se ha convertido en un campo de batalla donde se enfrentan todo tipo de editoriales, pequeñas, grandes y xxl, editoriales que editan buenos y malos libros, bien y mal escritos, bien y mal hechos, editoriales transparentes y editoriales que dan gato por liebre, editoriales del sí y del no que decía el gran Giulio Einaudi. Frente a la editorial del no que busca el gusto del público –“gusto que se asegura conocer y que a menudo se confunde con el propio”-, la editorial del sí “introduce en la cultura nuevas tendencias”-Einaudi, otro coolhunter antes de tiempo- e intenta contribuir a la formación de algo duradero, que no sea meramente circunstancial, eco de otro eco, “trabaja para que emerjan los intereses profundos, aunque vayan a contracorriente.” Dentro del elenco de editoriales literarias aragonesas, independientemente de la experiencia que tengan, del presupuesto que manejen, del género literario que les interese o de las expectativas que alienten, las hay del sí y del no. Algunos sueñan con dar el pelotazo con un novelón fácil de leer, entretenido pero con miga, profundo, que sea histórico, de otro siglo vamos, y que tenga, a ser posible, la letra grande: el regalo perfecto para un amigo invisible, nunca mejor dicho. Otros, por fortuna, editan buenos libros: la mejor arma para competir dentro de una librería y distinguirse. Las editoriales del sí son una forma de guerrilla que actúa primero en las librerías y en las redacciones de los medios de comunicación y luego en el cuarto de estar de cada uno. Cuidando la forma y el contenido del libro acaso sea más fácil conseguir que el librero lo recomiende, que el crítico lo reseñe, que el lector se convenza y lo compre. Entre tanto ruido –lo hiperreal ya ha sustituido a lo real- los libros bien editados hablan en voz baja. Sólo hay que prestar más atención, también se escuchan. Y suenan muy bien.

Publicado en Letras aragonesas (Centro del libro de Aragón) número 5, septiembre 2007.

domingo 4 de noviembre de 2007

Alejandro Verner, voz que se guardaba con el mundo en los ojos en su casa del Pinar de San Marcos, nos ha dejado en el ruido que apenas hace el otoño. Tras 47 años de vida, quedan sus poemas aparentemente ingenuos, poemas que se significan en sí mismos, que hunden su raíz en la vanguardia primera, poemas urdidos en el telar de las más viejas tradiciones.
Alejandro Verner fue escritor al margen, poeta excepcional que no atendía a más compañía que la palabra, aunque no fuese capaz de contener poesía, apenas dibujo, trazo, experimento. Un poeta a destiempo, siempre en los márgenes que ligan la forma con el silencio, que intentó desvelar las tramas que conjugan naturalidad y artificio.
Con su figura enjuta y una mirada larga, nos visitó otro otoño hace cuatro años para presentar una selección de poemas, cartelas y mosaicos que permitían recorrer la evolución de un poeta apartado de algarabías que no quería ser secreto. No lo consiguió y ahora tenemos que ser sus amigos quienes subrayemos su nombre de escritor silencioso, indicar su rastro, dibujar la sombra.

"Preguntas corsarias
¿Qué sitio es este en que los cipreses se recor
tan en el cielo, las hidras na
cen del agua, los espinos la
men las heridas como flor ne
gra que anuncia el silencio? ¿Palacio, tum
ba, recuerdo para quien pregunta? ¿Qué sitio es este don
de se escribe lo que está en los o
jos? ¿Qué barco cruzará la laguna? ¿Quién pregun
tará cuando no haya preguntas?

(escrito el once de noviembre de 1972, junto a la casa que llamaban del oro, una noche húmeda y oscura como el asfalto)"
Alejandro Verner