Editoriales literarias aragonesas en una librería
Si os dan papel pautado
escribid por el otro lado.
Juan Ramón Jiménez
Escribir un artículo es como dar un paseo. Para quienes creemos en las iluminaciones aquéllas de las que hablara Benjamin, que hermanaba a escritores con heridos varios –soñadores, borrachos, lectores, paseantes, consumidores de opio-, un artículo es siempre un viaje en el que las estaciones son las certidumbres e incertidumbres que proponen ideas y arrebatos personales o de otro. Cuando a uno le encargan un artículo como éste en que debe tastar las editoriales literarias aragonesas recientes, debería emprender viaje tras la pista de esa figura de nuestro tiempo que es el cazador de tendencias o, por decirlo en rimbombante inglés, el coolhunter, es decir: tras la pista de lo que es o debería ser un editor contemporáneo. Lo de coolhunter es un palabro habitual a distintos ámbitos creativos, pero que, como recuerda Eloy Fernández Porta en un ensayo reciente, no ha calado en el mundo literario español. A uno le apetece emplearlo porque le recuerda a un personaje de tebeo, a un rastreador que sigue los trazos de la canción en un desierto o en una enmarañada selva, a uno de esos tipos que se dejan las tripas por señalar qué es lo auténtico, a un héroe trágico inscrito en la trepidante peripecia de hacer libros. Un editor, esa figura casi retórica que en sí mismo podría ser género literario. Un editor mítico como los José Martínez, Carlos Barral o Giangiacomo Feltrinelli por supuesto, aunque lo de coolhunter sea un traje de otra época que no les siente demasiado bien, pero también un editor sin pedestal, un editor como los de las editoriales aragonesas que cualquier lector puede solicitar en una librería. Cazadores de tendencias son Chusé Raúl Usón de Xordica, Óscar Sipán de Tropo o Ignacio Escuín de Eclipsados, incluso alguien con la vista atrás como Raúl Herrero de Libros del Innombrable, indies de la edición que se apartan de las corrientes dominantes consolidando un catálogo definido y personal. Coolhunter es el instinto de la colección de poesía Chorrito de Plata. Y aunque sin duda nacieron en otro paradigma cultural, coolhunters literarios son, en mayor o menor medida, editores de la generación anterior como Certeza, Egido, Mira, Onagro, Prames, Prensas universitarias de Zaragoza o Unaluna. Todos buscan, rastrean con más o menos intención. Piel de cazador también tiene Olifante de Trinidad Ruiz Marcellán, sello de poesía aún más veterano. Editoriales, muy diferentes entre sí, algunas no específicamente literarias, cuyos parámetros principales son de otro rango –científicos, divulgativos, de viajes- que se mueven en la vorágine de la edición contemporánea, unas con vocación mainstream, otras underground y acaso las más dentro del slipstream, apelativo también vendido allende los mares, término medio que designa a quienes se apartan de lo dominante sin alejarse de las condiciones de actualidad.
Uno ha tenido la fortuna de trabajar para una editorial fetén y ha disfrutado conversando con los editores sobre esa tarea antigua del hacer libros, sobre el cuidado y el sentido de un libro y no otro, sobre la importancia de hacer catálogo, sobre el orden tranquilo de las tipografías, sobre el papel y su gramaje, sobre la mancha de tinta, sobre los márgenes que ayudan a leer y los que cansan, sobre la belleza de algunas itálicas. Uno, que desde chaval ha estado acompañado por los libros, al principio sólo se fijaba en el contenido, en los argumentos, las palabras, el estilo, los personajes, la estructura, en el mundo de uno u otro autor, en la imaginación, en la lectura más o menos costosa, más o menos voraz, pero poco a poco ha aprendido a disfrutar del orden y la composición del objeto libro, de los colores mates, de la ausencia de plástico en las portadas, de los interlineados sanos, de las ilustraciones discretas y del arte de escribir solapas, hasta disfruta de las fulgurantes erratas que sobresalen a la vista cansada. Imagino que es el proceso normal: de la abstracción a lo concreto, de la literatura al libro.
Pero el gusto por el libro bien hecho también desvela la cantidad de libros mal hechos que entran en las librerías. Editoriales que cuidan la edición, de tal modo que hacen libros que quieres tener no sólo por el autor que los firma sino también por la calidad formal y tipográfica, frente a editoriales que publican. Que cada cual repase libros de las editoriales aragonesas antes mencionadas y descubra por sí mismo las diferencias de edición que hay entre unos y otros. El libro, ese objeto que proponía una formación en profundidad hasta hace cuatro días, vive tiempos en que ha de batirse con un crecimiento exponencial de la información de superficie, epidérmica, como si todo, incluso el libro, fuese noticia a vuela pluma con fecha de caducidad, hoja volandera susceptible de reciclaje. En realidad, más que información, lo que hay es ruido, mucho ruido. A ver quién grita más, a quién se le oye antes, quién reclama más atención. Da igual para qué. Y el libro también ha entrado en ese vocerío. Un mes normal como éste pueden entrar en una librería generalista cientos de libros como servicio de novedad, de los cuales da miedo pensar cuántos terminarán siendo pasta de papel mucho antes de lo que cualquier lector anónimo, ajeno a la profesión, pudiera imaginar. Ahora, más que nunca, las librerías son la antesala del olvido que decía Julio Ramón Ribeyro. Que se edite más, no quiere decir que se edite mejor ni, por desgracia, que se lea mejor. Para qué invertir en el libro si luego apenas dura en la librería un par de meses, he escuchado a algún editor desesperado. Libros con portadas rallantes, con tamaño desmedido con el que intentar robar espacio de exposición, novelas que son cuentos hinchados a los que se les pone el membrete de un premio y se edita en ampuloso cartoné con las hojas pegadas y no cosidas, blancos chillones, letras mal impresas para ahorrar tinta. Y luego están los libros malos, mal escritos, que también es ruido, dolor de cabeza.
La librería –y perdonen la frase hecha- se ha convertido en un campo de batalla donde se enfrentan todo tipo de editoriales, pequeñas, grandes y xxl, editoriales que editan buenos y malos libros, bien y mal escritos, bien y mal hechos, editoriales transparentes y editoriales que dan gato por liebre, editoriales del sí y del no que decía el gran Giulio Einaudi. Frente a la editorial del no que busca el gusto del público –“gusto que se asegura conocer y que a menudo se confunde con el propio”-, la editorial del sí “introduce en la cultura nuevas tendencias”-Einaudi, otro coolhunter antes de tiempo- e intenta contribuir a la formación de algo duradero, que no sea meramente circunstancial, eco de otro eco, “trabaja para que emerjan los intereses profundos, aunque vayan a contracorriente.” Dentro del elenco de editoriales literarias aragonesas, independientemente de la experiencia que tengan, del presupuesto que manejen, del género literario que les interese o de las expectativas que alienten, las hay del sí y del no. Algunos sueñan con dar el pelotazo con un novelón fácil de leer, entretenido pero con miga, profundo, que sea histórico, de otro siglo vamos, y que tenga, a ser posible, la letra grande: el regalo perfecto para un amigo invisible, nunca mejor dicho. Otros, por fortuna, editan buenos libros: la mejor arma para competir dentro de una librería y distinguirse. Las editoriales del sí son una forma de guerrilla que actúa primero en las librerías y en las redacciones de los medios de comunicación y luego en el cuarto de estar de cada uno. Cuidando la forma y el contenido del libro acaso sea más fácil conseguir que el librero lo recomiende, que el crítico lo reseñe, que el lector se convenza y lo compre. Entre tanto ruido –lo hiperreal ya ha sustituido a lo real- los libros bien editados hablan en voz baja. Sólo hay que prestar más atención, también se escuchan. Y suenan muy bien.
Publicado en
Letras aragonesas (Centro del libro de Aragón) número 5, septiembre 2007.