Leí este texto en la presentación de
El coleccionista de láminas en la FNAC de Zaragoza, el 28 de junio de 2007.
“Comenzaré, perdonadme la imprudencia, dando un rodeo. Acaso no es esto de la literatura sino un rodeo, el ensayo de algo que siempre atiende a ese propósito antiguo como el hombre que es el de la verdad y sus máscaras. No me refiero a lo que es falso o lo que no lo es, sino a nuestra relación con la verdad. Y subrayo relación. Porque eso es la literatura: relación –pliegue lo han llamado otros-, continuo proceso que liga y desliga verdad y memoria. Pero no quiero dar puntadas antes de poner el hilo, ni siquiera dando un rodeo. Vuelvo a donde quería comenzar. A Nietzsche. En concreto a sus
Consideraciones intempestivas, y más en concreto al inicio de la segunda, "De la utilidad y la desventaja del historicismo para la vida", donde el intrépido escritor alemán pide que nos fijemos en un rebaño de ovejas que supuestamente pace delante de nosotros. Imaginad el rebaño, paciendo eternamente desde ese paraíso perdido que se dio en llamar edad de oro hasta nuestros días, en cualquier prado, de sol a sol, un día sí y otro también, animales que no saben qué significa el ayer ni el hoy, “atado en corto con su placer y dolor al poste del instante y sin conocer, por esta razón, ni la melancolía ni el hastío”. El hombre, nos dice Nietzsche, a pesar del orgullo de su condición humana, mira envidioso la felicidad animal ajena a cualquier pasión, a la constante relación que impone el mundo, lejos del fracaso y la tristeza. Envidia el hombre al animal pero no quiere tener su vida animal, porque ésta, atada tan en corto a la inmediatez sólo es olvido que impide siquiera ser consciente no sólo del dolor también de la propia felicidad. No hay memoria en esa vida. Por el contrario, señala Nietzsche, “continuamente se desprende una página del libro del tiempo, cae, se va lejos flotando, retorna imprevistamente y se posa en el regazo del hombre”, quien “ha de bregar con la carga cada vez más y más aplastante del pasado, carga que lo abate o lo doblega y obstaculiza su marcha como invisible y oscuro fardo.”
Pues bien, toda la literatura de José Luis Rodríguez, sea en cualquier género, es ejemplo de esa brega –desde
De luminosas estancias hasta
El ángel vencido, desde
En la noche más transparente hasta
Fotogramas del diluvio- , y en
El coleccionista de láminas con singular acento –y recordad que acento no quiere decir más que espíritu. Este libro es melancólica marca de la memoria, por eso, e insisto en Nietszche pero pienso en muchos de sus cuentos, a José Luis Rodríguez “le conmueve, como si recordase un paraíso perdido, ver un rebaño pastando o, en un círculo más familiar, al niño que no tiene ningún pasado que negar y que, en feliz ceguedad, se concentra en su juego, entre las vallas del pasado y del futuro.” Son varios los cuentos de este libro protagonizados por animales y niños, más bien adolescentes. Aunque sean animales muertos o a punto de morir -recuerdo la dolorosa metáfora del galgo ahorcado de "El comienzo del amor", la mirada de los caballos, los pájaros. Niños que descubren con violencia la verdad y la memoria –y en este caso recuerdo a la niña de "La pelota amarilla" que jugando en la playa se topa con la mirada ahogada de un náufrago-; niños que tarde o temprano descubrirán el horror, niños después de descubrirlo, como en "El hombre del traje blanco": antes los hijos del traficante de armas, después los niños mutilados que el mismo traficante ve por televisión. En el cuento que da título al libro, "El coleccionista de láminas", también protagonizado por dos chavales, José Luis escribe: “Ha estado soñando que escribía historias sobre muchachos adolescentes que coleccionaban ojos de animales, sobre muchachos adolescentes que dejaban libres a pájaros domésticos, sobre muchachos adolescentes que asistían a la muerte de perros ahorcados.” Relatos conmovedores de bichos y chavales que, a pesar de lo que acabo de leer, no son sueño sino escritura, cuentos del libro, relatos que, por supuesto, no inciden en el instante sin más sino que buscan a través del instante, la verdad. La verdad y sus máscaras decíamos al principio del rodeo. La relación con la verdad subrayaba. Una relación que intempestivamente José Luis vincula a la memoria. Y, por lo tanto, la significa melancólica, dolorosa en su mirada al mundo, acaso hastiada de tanto viento arrasador. Porque sopla un viento en estos cuentos que mientras empuja al ángel de la historia sólo deja ruinas tras de sí. Muchos conoceréis la novena "Tesis de Filosofía de la Historia" de Walter Benjamin y sabréis de que estoy hablando. José Luis abre el libro con un poema, en claro homenaje a Benjamin, protagonizado por ese mismo ángel de la historia, el Angelus Novus de Pual Klee. “destino extraño el suyo –escribe José Luis-/ pues la luna soberana de su alma/ tan solo ilumina sombras y lodo.” Los cuentos que continúan y dan forma al libro son el relato de las ruinas que acompañan a la historia, las sombras y el loso. La historia del mundo moderno.
Pero no se trata de un simple homenaje al escritor que murió en Port Bou, es una lectura de su pensamiento, una interpretación. Todo el libro lo es. El título nos pone en la pista del coleccionismo. Y si atendemos a uno de los temas fundamentales del libro, la historia, desvelamos otra importante referencia bibliográfica, uno de los
Discursos interrumpidos de Benjamin: "Historia y coleccionismo: Eduard Fusch". Un apasionante ensayo sobre el materialismo histórico en el que Benjamin insiste en el abandono del elemento épico de la historia en pos de una dimensión íntima, una sucesión de referencias que atienden a la filosofía de la vida, a la verdadera experiencia de cada uno con el mundo, a la tensión que palpita en la elaboración de un sentido que se liga y desliga constantemente. Cada uno de los cuentos de
El coleccionista de láminas es esa sucesión de referencias, incluso hay un cuento, "El cartapacio del vagabundo", donde ni siquiera es necesaria la palabra para elaborar sentido, sólo imágenes, una tras otra, como también hiciera John Berger en su
Modos de ver.
El coleccionista de láminas es un libro extraordinario. Y quisiera que se entendiese tal cual: un libro alejado de lo ordinario, de lo habitual, fuera de lo común, un libro que continúa la dimensión teórica que José Luis plantea en sus textos más académicos y con el que alcanza una eficacia técnica sobresaliente, manejando lo no dicho, las alusiones, combinando cuando es necesario la sobriedad de una prosa directa con la intensa fuerza de sus ya característicos trallazos líricos. No soy quién para decirlo ni tengo demasiada voz para gritarlo, pero debería atenderse más a este escritor, ninguno de sus contemporáneos está por encima.
Para concluir, y prometo que sin más rodeos, me gustaría señalar que este es un libro decididamente intempestivo, y no lo digo sólo por lo de Nietzsche, lo digo porque al final del volumen José Luis ha añadido unos reveladores apéndices subtitulados impertinencias. Impertinencias político-artísticas con las que llama la atención –entiéndase en sus dos acepciones- del y al lector, recordándole aspectos que nunca debieran pasar inadvertidos: la presencia del silencio; que debería ser intolerable que el arte naciera del sufrimiento ajeno o de la indecencia moral; y que hay que construir ciudades luminosas sobre la ruina de las oficinas del poder. Impertinencias, igual que cada uno de los cuentos que componen el libro, un libro escrito en la artaudiana habitación 209, en el Cabaret Voltaire, la mañana del 20 de abril en que perdimos a Celan, un libro que me acompaña con amistad cómplice, libre, despegada de todo lazo que decía Georges Bataille.”
José Luis Rodríguez García, El coleccionista de láminas, Zaragoza, Mira, 2007.