Uno ha preguntado a la cuadrilla de personajes que le acompañan, qué piensan sobre ese fenómeno que es el primer libro, cualquier primer libro, para luego alinear las respuestas junto a la lectura de uno en concreto, París 3, el primer libro de Aloma Rodríguez, actriz y diarista, viajera en bicicleta, una novela de frase corta y punto y seguido que se lee andando y te acompaña entre semáforo y semáforo.
Hay quien dice que escribir un primer libro es como dar una patada al silencio, como poner una lavadora en marcha sin saber si has mezclado ropa blanca y de color. Ser el listo de la clase por un rato, una pestaña que se cae y pido un deseo. Hay quien dice que es un atleta en la línea de salida. Los dedos sin tocar la raya, los pies en los tacos, los nervios como palabras, el corazón como el chicle, el ruido de la pistola. ¡Bang! Y que corra quien quiera, nadie sabe dónde está la llegada. Un primer libro es la celebración de la salida. Hay quien dice que el primer libro no debe ser el primero y hay quien apunta que deben primar los silencios, las elipsis, los huecos donde el lector repose, las señales de lo que sobraba. Un primer libro debe ser ejercicio de estilo, la prehistoria de lo que queda por contar, un acierto y una equivocación, algo que está y no está en medio. El éxito de terminarlo. Una televisión nueva que sin estar bien ajustada es capaz de detener el tiempo y mostrarnos un programa irrepetible. Algo de esto hay en París 3: lean, relean, el fragmento setenta y ocho, el regalo del libro, apenas dos páginas pero plenas de ternura.
París 3 es un recortable de fragmentos escrito como de puntillas detrás de los personajes. Hay quien dice que lo mejor para un primer libro es ponerse detrás de los personajes, seguirles los pasos y la sombra, mantener la distancia, unos metros detrás, nunca por encima, y fijarse en los gestos, los detalles, y contarlos como si nada, con la sutileza de lo que se escapa, con la perseverancia de quien se sabe percepción original de una vida acaso inventada, poco importa que sea cierta pero sí verosímil. Y esto es lo que hace Aloma Rodríguez en París 3: esta novela primera no busca ningún alarde narrativo, pero consigue que nos pongamos ahí, a unos metros de los personajes, que los veamos de cerca pero con el suficiente espacio para poner la cortina cuando sea necesario. Desde esa distancia seguimos la peripecia de dos jóvenes españoles durante un año en un París que no es de postal ni de historia literaria, un París de estudiante y habitación casi vacía, un París de ida y vuelta, clase media, que uno imagina fotografiado con la luz de Néstor Almendros, más en color que en blanco y negro, y quizás un pelín sobreexpuesta.
Hay quien recuerda libros fulgurantes y hace comparaciones literarias que insisten en poner piezas de distinto puzzle con ganas de estropear el juego. Pero uno, antes de poner ejemplos que sean fantasmas rondando, sólo dirá que este primer libro es una aventura cotidiana de voz clara, un viaje de cerca, un pase en sesión de tarde. A un par de metros y leer lo que pasa.
Aloma Rodríguez, París 3, Xordica, Zaragoza, 2007.
Publicado en el suplemente "artes y letras" de Heraldo de Aragón el jueves, 6 de diciembre.
lunes 10 de diciembre de 2007
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