viernes 20 de noviembre de 2009
nick cave & the bad seeds - 15 ft of pure white snow
glen Vídeo MySpace
Fernando Frisa, músico y amigo, dueño del Candy Warhol de Zaragoza, donde ayer, como todos los jueves organizó otra de las sesiones de Poesía en el Candy -no se las pierdan, un puntazo a partir de las 22 de la noche-, me descubrió este magnético video de baile y salvación que presta imagen a una no menos magnética canción del gran Nicolás Cuevas y los bad seeds, canción de muerte, inseguridad y sálvate a tí mismo como tantas de las suyas, que viene bien para momentos de desconcierto y enajenación. El video es fiesta y armonía, caos y magia, amistad y calidez, contradicción y diferencia. Parace que incitara al exorcismo de convidar a amigos y enemigos y que cada cual, como si fuese aprendiz de brujo, regale bailando su parte maldita. Uno recomienda que, para este tipo de ritos, es mejor iniciarse con terno y corbata -sigan al necesario Jarvis Cocker como referencia- o al menos con algo de porte, con postín, y luego, eso sí, déjense llevar.
miércoles 18 de noviembre de 2009

(Los libros del Señor James es un proyecto en el que participo junto a Nacho Escuín, Pablo Lópiz y León Vela. Queremos que el primer libro esté en las librerías a lo largo del mes de diciembre.)martes 17 de noviembre de 2009
Ratia: un pensar que desvela
El escritor y crítico de arte en "Artes & Letras", Alejandro J. Ratia, ha publicado su tercer libro, El sol de Heráclito, tan singular y ajeno a etiquetas como eran sus dos entregas anteriores, los poliédricos relatos de Biedermeier, sutilmente borgeanos, y el delicado libro de viajes en tren, pleno de hallazgos poéticos, Los viaductos de Alventosa, todo un recorrido sobre la capacidad del mirar, del detenerse de la mirada pese al movimiento constante, del fijar en recuadro los detalles y dotarlos de perfil con las palabras.El sol de Heráclito sigue en el estilo la traza alventosa –permítanme el calificativo–: los fragmentos en prosa que constituyen este libro alimentan el temblor poético mediante una escritura de lo cercano como ocurría en el libro anterior. Los asuntos que conforman la escritura pertenecen a la intimidad de un observador. La naturaleza que acompaña, los árboles, los pájaros, las rocas, los movimientos y la quietud, las sombras. Pero esta vez el viaje tiene el ritmo de quien camina y se detiene. El tempo ya no es el de la contemplación sino el de la reflexión. Y la caligrafía de esa reflexión son los textos que leemos. La sospecha de que incluso en la escritura, en el nombrar, hay algo más o apenas haya lo que creemos ver. Escribe Ratia: “Considerar las cosas como tales o, mejor dicho, cada cosa como ser aislado es perverso. Enfermedad propia de nuestra condición, de ese no saber nada seguro de nosotros mismos sino nuestro existir nosotros mismos, que nunca nos elude. Nos encontramos diciendo de la piedra en nuestra mano que aquello es una piedra. Y del montón de donde la robamos, que aquello es un montón de piedras. Ese uno, esa cardinalidad, es el primer tributo que aplicamos falazmente”.
Concurren en un mismo proceso el mundo sensible, ese mismo mundo transformado por las palabras, acaso ininteligibles en su cardinalidad, y el sentido que de todo ello se deriva. La tensión de lo poético comparte espacio con el pensamiento. Un pensar fragmentario, a tientas, con momentos de epifanía y revelación. Un pensar que desvela las capas que tiene el mundo, las correspondencias que se suceden, los contrapuntos. No podía ser de otro modo con ese título directamente alusivo. El lector tiene la pista. Heráclito, pensador fragmentario y poético que descubrió las armonías ocultas en las contradicciones de la naturaleza; y el sol, expresión máxima para el de Efeso tanto de la armonía como de la decadencia de la realidad, astro que da fuego pero también sombra.
Seleccionemos otro fragmento significativo del libro de Ratia: “Parece que esta sombra o no sombra –nos dice sobre el paso de un ave sobre los guijarros– vuele y la perdamos, cuando, por el contrario, viene hasta el suelo a visitarnos y a quedarse. Es la sangre caliente del pájaro la que se esfuma. Quien podría llegar y dejarse tocar es quien se escapa”.
Magnífica escritura la de este observador que se expone a la luz y a la sombra, que permite a la palabra hacer legible lo indecible de lo visto y lo pensado. Un escritor distinto a quien seguir.
(Esta reseña de El sol de Heráclito de Alejandro Ratia, editado por Eclipsados, fue publicada en el suplementeo Artes & Letras de Heraldo de Aragón el 12 de noviembre 2009)
sábado 14 de noviembre de 2009
A pesar de las discrepancias entre las canciones que sorprendieron en la maqueta y los arreglos del disco definitivo -pego las dos versiones de "A.D.N" y que cada uno elija su favorita- escuchar a La Bien Querida es un gusto, un dejarse arrastrar, un viajarse por sí mismo y no hacer nada, una explicación a los días cambiados, a los poemas rotos, a los horas nuevas, un subidón de aquí y ahora, un baile si es lo que quieres, un perderse de saltos, un regalo, porque lo único que quiero es verte sonreír.
viernes 13 de noviembre de 2009
Hoy, a las 20’30 h., en la librería El pequeño teatro de los libros (C/ Silvestre Pérez 21, barrio de Las Fuentes de Zaragoza) se presenta el nuevo libro de poemas de Ignacio Escuín Borao, Habrá una vez un hombre libre, editado por Huacamano.Uno ha tenido la fortuna de leer el libro y lo va a recomendar cuanto pueda. Con Habrá una vez un hombre libre Ignacio Escuín ha logrado un tono de madurez, una serenidad, una melancólica pátina sobre las circunstancias vitales, una capacidad para estar a la intemperie, que dota a su escritura de un sesgo muy personal, sin afán de adhesión a corriente alguna, ajeno a las tan extendidas y exitosas imposturas de una parte de la literatura actual. Frente a la posible verosimilitud de lo impostado, Escuín se decanta por escribir sobre la verdad de lo auténtico, sobre la vida y el partirse la vida. A la raíz, a eso atiende este poeta, a la claridad de las palabras que necesitan que las nombremos para recuperar el sentido, a las experiencias que lo contienen, para que renazcan y así combatir el vacío cotidiano, ese que extiende la sensación de falta de libertad, de cansancio, de impotencia para escapar. Ignacio Escuín escribe los días que vive y los días que lee y consigue que sean también los días del lector. Las experiencias cotidianas, el paso del tiempo, los derrumbes y las ruinas, las celebraciones íntimas, el viaje a ninguna parte, esa maldición necesaria que es el trabajo, el querer, el amar, el deseo, la libertad, la tentación de libertad, también la muerte, también, sigilosa, repentina. Pero, pese al tono grave, Habrá una vez un hombre libre es un libro escrito con la pulsión de la vida, con historia, pequeños acontecimientos, emociones con que llenar el vacío, una pulsión que se destapa en sutil conflicto, en el enfrentamiento consigo mismo, en la escritura. Así se llena el vacío. La melancolía que alienta toda pérdida siempre está junto a la libertad que posibilita todo futuro. La luces. No puede ser de otro modo, sólo cabe la esperanza: habrá una vez un hombre libre.
Quien pueda que no se pierda la presentación –junto al autor participará un escritor escueto y formidable, Fernando Sanmartín– y, háganme caso, desviense y lean este libro.
jueves 12 de noviembre de 2009
Las palabras ya han sido todas inventadas
Nosotros somos del siglo de inventar de nuevo
las palabras que ya fueron inventadas".
Almada Negreiros
martes 10 de noviembre de 2009
Apunto un fragmento –perdón por la descontextualización– del penúltimo libro de Manuel Rivas traducido al castellano, la novela Los libros arden mal, como si fuera un resumen –muy parcial, sin duda– del intenso punto de vista del escritor gallego sobre el contar, sobre la oralidad y la tradición, las palabras y su escritura; considero que tiene algo de aproximación a un imaginario, a una memoria, que acaso tenga algo de parte por el todo.
“…Siempre se ha dicho que en Galicia se habían perdido los antiguos mitos del mar. No es cierto. No por lo menos en lo tocante a las sirenas. Las sirenas son sirenas.
¿Quiere decir putas?
Quiero decir sirenas. Sobre esta cuestión, me remito al señor T.S. Eliot y a su idea de las alturas de la sensibilidad. Depende de la altura.
¿De qué altura?
De la altura a la que se escribe y a la que se lee. O, si lo prefiere, de la profundidad. Su visión es muy parcial. Piense en hombres que están picando hielo en cubierta. Pero no pedazos de hielo, sino un hielo que cubre el barco, cada uno de los rincones del barco. E imagine que el patrón decide ir a Saint-Pierre. Llevan meses sin ver ni pisar tierra. Ir a Saint-Pierre, en realidad un pequeño puerto en el que la calle principal es una cuesta con casas de madera, pues es como ir al paraíso. Es tal la alegría del anuncio que muchos se ponen a beber para celebrarlo y cuando llegan a Saint-Pierre ya no son capaces de bajar. No se aguantan en pie. Para ésos, sin necesidad de acudir a la autoridad del señor Eliot, el simple enunciado de Saint-Pierre, el propósito de ir, significa estar allí. En el paraíso. Ésa es la fuerza del simple enunciado de las palabras, que crean el lugar y cambian los cuerpos. Pero ahora le voy a hablar de los que desembarcan. Muchos de ellos van a hacer cola a L’Étoile, enseguida galleguizado como A Estrela, el salón de baile propiedad del único buzo de Saint-Pierre, también llamado el Comunista, y van a hacer fila, ¿sabe por qué? No, no por lo que se imagina. Docenas de hombres esperando, en fila, pisando nieve, para bailar, sólo bailar, con aquella que llaman la Chepuda, la Bousse, la Chepitas. Para apoyar sus manos en la giba mientras bailan. Y a ella misma le pagarán los patrones hasta mil francos si va al barco y mea encima de las redes. Un sortilegio. Sirenas que bailan, sirenas lavanderas, sirenas de la suerte…”
viernes 6 de noviembre de 2009
Ferrer Lerín, ala extrema de la escritura novísima
En principio, que sigue siendo una escritura tan poco asimilable como lo era en sus primeras entregas, radicalmente distinta de los sagrados contemporáneos. Un nombrar poético no homologado que se decanta por el decir de la vanguardia, por la revelación surreal, por la conciencia artificiosa de lo camp como singular antihumanismo. Lean en Fámulo la sección “Encadenados”, explícita alusión al filme de Hitchcock, utilizado como metáfora de la memoria, deconstrucción de la propia identidad como si fuera un juego de azar, mecanismo en donde el misterio es regla fundamental.
Ferrer Lerín convoca un sentido no sólo interpretativo de la realidad, biográfica o cultural, una alquimia verbal que hace de las palabras experiencia lírica más allá de consideraciones lógicas o figurativas. Así en la primera sección del libro (serie de poemas que ya apareció en Ciudad propia, incluso leemos huellas en Papur), el desasosiego educativo y el nihilismo nostálgico que puede interpretarse no llega de la poetización de unos hechos sino de la experiencia que provocan las palabras: “imbécil/ palabra, reclamo, rótulo/ a la carta/ de estos tiempos de boca a boca,/ nexo de unión y sí empalar/ niños/ debería un gobierno/ del raciocinio estipular como bando/ de obligado cumplimiento.”
Titula la sección “Biografías”, porque las palabras son eso, bios y grafos, indisolubles, y del mismo modo la vida –obviamente no soy el primero que lo señala: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”–. Biográfico para quien escribe pero también para el lector que se apropie del sentido.
Una vez situados en este marco de referencia, Fámulo, cual personaje omnisciente nos conduce a los desvíos. Leemos las señales de una aventura intelectual –los poemas abiertamente culturalistas de “Paleografías”–, nos hace columbrar un paisaje más o menos desolado, fantacientífico que dirían en Italia, pleno de historias negras, de género y humor, episodios en elipsis –“Tendresse et bidet [jaca]”– como es la acción del cuervo sobre las lomas. Poeta extremado, original, siempre sorprendente, con filón mal atendido, apenas nota a pie de página en los manuales de filología oficial, Ferrer Lerín debería ser más leído, no sólo por la tribu que rastrea, casi araña. Leerle porque vuela alto.
(Reseña de Fámulo de Francisco Ferrer Lerín editado por Tusquets en su colección "Nuevos textos sagrados", publicada en el suplemento Artes y Letras de Heraldo de Aragón el 5 de noviembre de 2009)
sábado 31 de octubre de 2009
viernes 30 de octubre de 2009
Dale al play y difruta, baila, baila con ella, o con él, o con los dos, sueña, ponte un jersey de rombos, un sombrero, una de tus americanas, abraza a quien tengas al lado, aplaude, dos palmadas secas y luego media vuelta, dance with me... viva el arte moderno!!!
La peli es Banda aparte, off course, favorita entre las favoritas para casi todos los que la han visto; la canción es el Dance with me de The Lords of the New Church, versioneado deliciosamente por esa exquisita banda francesa de la que soy firme partidario, Nouvelle Vague.
Si quieres puedes bailar el original, que casi tiene más tela, no pares cuando escuches la voz nasal, pelín gangosa, oscura de Godard abriendo un parentesis que parte en dos el abracadabrate sonido de un Hammond para hablar de los sentimientos de los personajes -Odile, Franz y Arthur. Gordard irrumpe en la banda sonora, la parte, convierte su voz en un nuevo instrumento, también los zapatos sobre el suelo, y las palmas y luego, de nuevo, la guitarra, el punteo, los vientos que suben y suben con las notas del órgano, qué bestias. Bailad, bailad, bailad, sentid, soñad, pensad en todo y en nada...
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